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ז׳ בשבט ה׳תשפ״ו (25/01/2026)
בס"ד

❌ ¿Por qué no dejar propina? Una práctica injusta disfrazada de generosidad

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Hoy tuve una situación incómoda con una mesera en un restaurante. El dilema es dejar o no dejar propina.
Si piensan que es un tema que corresponde hablar. Quiero 10 reacciones y subo mi reflexión ???

¿Por qué no dejar propina? Una práctica injusta disfrazada de generosidad

Hoy fui a comer con mis hijos…

Hoy fui a comer con mis hijos a un restaurante que me gusta mucho. Uno de esos lugares que suelo recomendar, en los que ya sé qué pedir, en los que uno espera sentirse cómodo.

Apenas llegamos, una mujer que atendía en la entrada nos preguntó si teníamos cartiz moadón, es decir, tarjeta de socio. Le dijimos que sí, que la teníamos. Revisó y nos dijo que teníamos varios puntos acumulados. Luego le pregunté a la moza al comenzar si podíamos pedir utilizando los puntos, y su respuesta fue que no. Que solo se podía aplicar cuando uno está físicamente en el restaurante. Cosa que, evidentemente, ya estábamos.

Pedimos la comida. Pedimos todo. Le pedí una salsa específica y unos manís (maníes, para los latinos). Llega la comida: se había olvidado un plato. No trajo ni la salsa ni los manís. Tuve que ir yo a buscarlos. Ni siquiera vino a disculparse.

Después, pasó otra persona del equipo y volví a preguntar sobre el tema de los puntos. Me dijo que sí, que no había ningún problema, que por supuesto se podía usar en el momento. Clarísimo, directo. Totalmente opuesto a lo que nos había dicho la primera.

Pedimos un postre. Nos dijeron que sí, que estaba disponible. Esperamos… Pasaron 15 minutos. Finalmente tuve que levantarme otra vez. Fui a preguntar. La camarera se disculpó: “Justo ese postre es el único que falta”.

Todo esto me dejó una sensación incómoda. No por el lugar en sí, ni por la comida. Sino por la situación general. Y sobre todo por la pregunta que vino al final, cuando nos trajeron la cuenta: ¿Dejar propina?

¿Propina por qué?

Por una atención desganada. Por olvidarse pedidos. Por respuestas confusas y contradictorias. Por tener que ir yo mismo a buscar lo que faltaba. Por hacerme perder tiempo. ¿Tengo que pagar más por eso?

Y cuando no dejé propina, la camarera me miró y me dijo, casi con resignación:
—“Pero es parte de mi sueldo…”

Le respondí con claridad:
—“No es mi culpa. Hacé bien tu trabajo, y vemos si va propina.”

Porque, además de todo, este sistema también nos desmotiva a todos. Si todos reciben la misma propina sin haberse esforzado, ¿para qué hacerlo mejor? ¿Para qué dar más? ¿Para qué competir sanamente y buscar la excelencia? Si da lo mismo hacerlo bien que hacerlo mal, entonces lo único que se fomenta es la mediocridad disfrazada de cortesía.

? El sueldo del trabajador no debe depender del cliente

Una de las falacias más grandes del sistema de propinas es que pone en manos del cliente una responsabilidad que le corresponde al empleador: pagar un salario digno. Cuando un mozo, camarero o repartidor depende de la generosidad —o del humor— del comensal para llegar a fin de mes, estamos ante una estructura laboral rota.

La propina no es un bono ni un plus. Es, en muchos casos, una parte esperada y necesaria del ingreso mensual. Esto significa que el empleador se ahorra ese porcentaje y que el trabajador queda atado a la voluntad (o capricho) del consumidor. ¿Te atendió con una sonrisa? ¿Se olvidó la bebida? ¿Tardó 10 minutos? Todo eso puede impactar directamente en su bolsillo, y no siempre de forma justa.

⚖️ El servicio es colectivo, pero la recompensa es selectiva

La experiencia en un restaurante, cafetería o bar no depende solo del mozo. Detrás de cada mesa bien servida hay un equipo: cocineros, ayudantes, lavaplatos, personal de limpieza. Sin embargo, la propina va solamente a quien tiene contacto visible con el cliente.

¿Quién decide que el camarero merece más que el cocinero que preparó el plato con esmero? ¿Por qué el lavaplatos, que sostiene la higiene y el ritmo del lugar, queda excluido del “agradecimiento”? Este sistema es arbitrario, segmenta y genera desigualdades dentro del mismo equipo de trabajo.

El consumidor no debería cargar con el modelo de negocio

Cuando un cliente va a comer, paga por un servicio completo. Si el precio no alcanza para cubrir salarios dignos, el problema no es del consumidor: es del dueño del negocio. No se puede naturalizar que el cliente deba asumir el rol de financista del local.

Además, la propina crea una doble carga económica y emocional: uno paga por el producto, y además se siente obligado a sumar un porcentaje, aun si el trato fue normal, incluso malo. Y si no deja nada, se siente mal o culpable, como si estuviera perjudicando a alguien, cuando en realidad el modelo ya está mal de origen.

? La propina como manipulación emocional

El sistema de propinas también juega con la psicología del consumidor. Se presenta como un “acto de gratitud”, pero en realidad funciona muchas veces como una forma de coacción emocional.

¿Quién no ha sentido esa mirada incómoda cuando decide no dejar nada? ¿Quién no ha dejado algo “por las dudas”? Esta presión social opera como una manipulación disfrazada de moral. Y lo peor: genera culpa en quien no la merece (el cliente), y evita que quien debería responder (el empleador) lo haga.

? ¿Y qué pasa con las fiestas?

En Israel, cuando alguien organiza una fiesta —una boda, un brit, un bar mitzvá o cualquier evento con catering— no solo paga una fortuna por el servicio. Además, se le exige pagar propina para los mozos. Sí, una “propina obligatoria”, lo cual ya es un contrasentido. La lógica de la propina, que supuestamente es voluntaria y basada en el servicio recibido, acá se convierte en una especie de impuesto oculto.

Y lo más insólito es que esa propina, muchas veces, ni siquiera llega a quien corresponde. Durante años, se acostumbraba a entregar el monto total al jefe de mozos, para que él lo repartiera. ¿Resultado? En muchos casos, se descubrió que ese dinero no se distribuía de forma justa. Algunos mozos cobraban más, otros nada, y el jefe se quedaba con una tajada enorme. Por eso, hoy en día, muchos salones piden —o los clientes exigen— que la propina se entregue mozo por mozo, uno por uno, para evitar robos internos.

Esto demuestra, una vez más, que el sistema de propinas no es transparente, no es justo y no es confiable. Ni siquiera cuando se formaliza, ni siquiera cuando se vuelve obligatoria. Ni siquiera cuando se cobra por adelantado.

? No todos los países avalan la cultura de la propina

En muchos países del mundo, especialmente en Europa del norte, Japón o Corea del Sur, no se acostumbra dejar propina, y el sistema funciona perfectamente. ¿Por qué? Porque el servicio está incluido en el precio, los trabajadores tienen sueldos acordes, y no dependen del azar ni de la simpatía para tener ingresos estables.

Esto demuestra que es posible construir modelos laborales más justos, donde el cliente disfrute de un servicio sin tener que “completar” el sueldo del trabajador.

? La propina como perpetuación de la precariedad

La existencia de la propina, lejos de ser una solución, es un síntoma de un sistema roto. Mientras exista esta lógica, los empleadores seguirán descargando su responsabilidad en los hombros del consumidor, y los trabajadores seguirán en una posición vulnerable, con ingresos variables, sin derechos claros y muchas veces fuera del sistema formal.

?‍♂️ Entonces, ¿no hay que dejar propina?

La respuesta no es absoluta. Muchos trabajadores dependen hoy de esa entrada, y no dejarla puede afectarles directamente. Pero eso no significa que el sistema sea justo. Al contrario, es justamente por ellos que hay que cuestionarlo.

Lo que necesitamos no es “dejar más propina”, sino por exigir modelos laborales dignos, transparentes y estables, donde todos cobren lo que corresponde y donde el precio refleje el valor real del trabajo.

MBA Federico Pipman

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