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❤️ Las Cicatrices del Corazón: La Prueba Más Alta de Haber Vivido

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❤️ Las Cicatrices del Corazón: La Prueba Más Alta de Haber Vivido

Ayer me pidieron más cuentos de mi papá.
Les dejo uno de los que más me gusta, uno de esos que te quedan vibrando adentro y que cada vez que lo releés te enseña algo distinto.

Hay cuentos que uno escucha y queda igual.
Hay cuentos que uno disfruta y sigue viaje.
Y hay otros —muy pocos— que se te meten en el pecho, te abren un recuerdo, te raspan una herida, y te obligan a mirarte al espejo sin filtro.
Éste pertenece a la última categoría.

Porque todos, absolutamente todos, tenemos una historia que contar desde el corazón.

El Corazón perfecto

Un joven apareció un día en el centro del pueblo y proclamó, orgulloso, que tenía el corazón más hermoso de toda la comarca. Y la gente fue, lo miró, y le dio la razón: era perfecto.
Sin grietas.
Sin marcas.
Sin cicatrices.

Brillaba… pero no decía nada.

Entonces se acercó un anciano. Caminaba lento, pero su corazón latía fuerte. Y cuando lo mostró, la multitud se quedó muda. No era perfecto. Tenía cortes, huecos, remiendos, cicatrices, uniones torcidas, bordes irregulares. Parecía maltratado. Parecía roto.

Y sin embargo…

Transmitía vida.

El joven se rió.
“¿Cómo te atrevés a compararte conmigo? Mi corazón es impecable. El tuyo es dolor.”

El anciano lo miró con esa tranquilidad que solo tienen los que ya no necesitan ganar discusiones.

“Mi corazón no es perfecto —dijo—. Es verdadero.”

Y ahí empezó la enseñanza que uno no olvida jamás.

Cada cicatriz, explicó, era una persona a la que amó.
Cada hueco, alguien que se fue.
Cada pieza irregular, alguien que le dio un pedazo de su propio corazón, aunque no encajara perfecto.
Cada remiendo era una historia.
Cada dolor, un capítulo.
Cada marca, un nombre.

Entregar amor es arriesgar.
Dar el corazón no te garantiza que lo cuiden, pero sí te garantiza que viviste.

Y entonces, el joven —con los ojos llenos de lágrimas— entendió que tener un corazón sin marcas no es una virtud.
Es una prueba.
Una prueba de no haber amado lo suficiente.
De no haber perdido, de no haber arriesgado, de no haber dado, de no haberse entregado a nadie con toda el alma.

Ese día, por primera vez, el joven se animó a arrancar un pedazo de su corazón y ofrecérselo al anciano. Y el anciano hizo lo mismo. Las piezas no encajaron perfecto, claro. Nunca encajan perfecto.

Pero eso es justamente lo que las hace verdaderas.

El corazón del joven dejó de ser perfecto…
Y se volvió hermoso.

Y ahora te pregunto a vos:
¿Cuántas cicatrices tiene tu corazón?
¿Cuántos remiendos hablan de tu historia?
¿Cuántos huecos revelan las ausencias que todavía duelen?
¿Cuántas marcas te recuerdan que amaste, que diste, que perdiste, que te hiciste cargo de tu vida?

Vivimos en un mundo que valora lo prolijo, lo impecable, lo perfecto.
La vida real es otra cosa.

La vida real deja marcas.
La vida real rompe.
La vida real enseña a amar torcido, pero amar igual.

Y si hoy sentís que tu corazón no es el que era, si tiene huecos, grietas o cicatrices… no lo escondas.
Mostralo.
Compartilo.
Honralo.

Porque la perfección no emociona.
Lo que emociona es la verdad.

Y la verdad, querido lector, es que los corazones más hermosos son los que ya no se parecen a su forma original.

Los que se entregaron.
Los que sostuvieron.
Los que perdonaron.
Los que perdieron.
Los que volvieron a intentar.
Los que siguieron latiendo igual.

Tus cicatrices no te restan belleza.
Te cuentan.
Te legitiman.
Te hacen humano.

Y, sobre todo, te hacen creíble.

Porque solo puede acompañar el dolor de otro quien ya conoció el propio.
Solo puede amar de verdad quien alguna vez se animó a romperse.
Y solo puede guiar con el corazón quien alguna vez dejó pedazos suyos en el camino.

Que nunca te dé vergüenza tu corazón.
Que nunca disimules tus cicatrices.
Que nunca pidas perdón por haber amado demasiado.

Mostrá tu corazón tal cual es:
Roto.
Remendado.
Irregular.
Humano.
Real.

Hermoso.

✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

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