
“No, no vengo por el trabajo”
Igal entró al edificio con una mezcla de nervios y esperanza.
El ascensor subía lento, como si también dudara del destino.
Había pasado semanas ajustando su currículum, practicando respuestas frente al espejo, tratando de recordar quién era antes de tener que convencer a alguien de su valor.
Imaginaba cómo sería ese instante en que por fin lo elegirían, en que alguien diría: “Sí, te necesitamos.”
Cuando se sentó frente a esa mesa fría, el reclutador le preguntó sin levantar demasiado la vista:
—¿Viene por el trabajo?
Él sonrió apenas.
Pensó en su vida entera, en las noches sin dormir, en los mates tibios que lo acompañaron más que los aplausos, en las veces que trabajó sin cobrar, en las ideas que murieron antes de nacer, y en las que nacieron sin permiso.
Pensó en su padre, que nunca tuvo jefe pero siempre tuvo propósito.
Pensó en los amigos que todavía buscan “un trabajo estable”, como si la estabilidad no fuera, a veces, una jaula con sueldo fijo.
Y entonces respondió algo que ni él sabía que iba a decir:
—No. Vengo por el sueldo.
El silencio fue incómodo, pero también honesto.
Porque detrás de esa frase cínica había una verdad enorme: el mundo moderno convirtió el trabajo en supervivencia, no en expresión.
Nos enseñaron a buscar empleos, no a buscar sentido.
A pedir permiso para crear.
A mendigar aprobación, en lugar de construir libertad.
A aceptar horarios ajenos, mientras se nos escapa el reloj de la vida.
Hoy, muchos seguimos entrando a oficinas —físicas o mentales— donde respondemos “vengo por el sueldo”, aunque por dentro estemos gritando “vengo por mi vida”.
Porque lo que de verdad buscamos no es dinero: es dignidad, movimiento, pertenencia, propósito.
El sueldo apaga el hambre del cuerpo; el propósito apaga el hambre del alma.
Y cuando los dos se encuentran, ahí nace el emprendedor.
El que no espera que lo contraten, sino que se contrata a sí mismo.
El que no pregunta “¿cuánto pagan?”, sino “¿cuánto impacto puedo generar?”.
El que no busca trabajo, sino una misión.
El que, incluso cuando no tiene salario, sigue avanzando, porque entiende que está construyendo algo que lo trasciende.
Y si además sos olé jadash, el eco de esas palabras resuena más fuerte.
Porque no solo venís por el trabajo ni por el sueldo: venís por algo mucho más grande.
Venís a reconstruirte en la Tierra Prometida, a plantar raíces nuevas con el ADN de tus abuelos y la esperanza de tus hijos.
Venís a demostrar que la parnasa (sustento) también es parte de la berajá (bendición), y que todo esfuerzo honesto tiene un eco celestial.
Acá, en Israel, cada trabajo —por pequeño que parezca— tiene algo de sagrado.
El que barre las calles está limpiando la tierra de Abraham.
El que enseña, está educando en el idioma de la profecía.
El que emprende, está cumpliendo el sueño de generaciones que soñaron con ser libres y construir su propio destino.
Porque ser olé jadash no es solo empezar de cero: es continuar una historia que empezó hace miles de años.
Y cada vez que un judío se levanta a trabajar, no importa si cobra en shekalim o en sonrisas, está respondiendo a un llamado antiguo: “Ve’asita et haTov vehaiashar” — Hacé lo bueno y lo correcto.
Quizás por eso los verdaderos líderes no hablan solo de negocios, sino de legado.
No se definen por lo que hacen, sino por para qué lo hacen.
Y cada vez que se caen, recuerdan que el sueldo puede demorar, pero el propósito nunca llega tarde.
Porque el trabajo se termina, pero el propósito no.
Y el día que entiendas eso, vas a dejar de buscar empleo… y vas a empezar a construir destino.
Un destino que huele a tierra israelí, a esfuerzo, a fe, y a ese milagro cotidiano que llamamos simplemente Aliá.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

