
La Danza de las Palmadas: El Ritmo que Une Generaciones
Hay músicas que no se escuchan con los oídos, sino con el alma.
En mi caso, la danza de las palmadas fue la banda sonora de toda mi vida judía: sonó en cada bar mitzvá, bat mitzvá, casamiento, peula, majane y reunión familiar. Es el eco del pueblo en movimiento, el pulso de una alegría que nunca se apaga.
Cada vez que suena, algo en el corazón se despierta.
Nos miramos, sonreímos, y sin decir una palabra, ya sabemos qué hacer.
Nos tomamos de las manos, formamos la ronda, y comienza ese compás que nos conecta a todos los que bailamos — y también a los que ya no están pero siguen ahí, en el ritmo.
✋Las Palmadas que Dicen Más que Mil Palabras
Al principio, las manos marcan el pulso con suavidad.
Después subimos la intensidad: primero aplaudimos, luego zapateamos.
En la segunda ronda las palmadas van hacia arriba, como si acariciáramos el cielo; en la tercera chocamos las manos con el compañero de la izquierda y luego con el de la derecha.
En la cuarta, el juego se vuelve complicidad: una pequeña palmada en la cabeza del compañero, una sonrisa cómplice.
La quinta es nuestra: golpeamos nuestra propia cabeza, saltamos, gritamos, reímos.
Y la sexta… es puro teatro, puro humor judío: saludamos al estilo Alfonsín, hacia un lado y hacia el otro, hasta que todo estalla en carcajadas y el círculo se cierra otra vez con los aplausos y los pies.
Cada familia tiene su versión, su coreografía, su momento para improvisar.
No hay reglas escritas, pero todos saben cuándo llega “el momento de las palmadas”.
Es la anarquía más organizada del mundo: un desorden que une, una coreografía de amor y pertenencia.
La Bobe y el Nieto: los Directores del Compás
En mi familia, mi bobe y yo siempre dirigíamos el compás del baile.
Ella, con su energía infinita y su mirada luminosa, marcaba el ritmo con una autoridad dulce, con esa mezcla de ternura y firmeza que solo tienen las mujeres que pasaron todo.
Yo la seguía, aprendiendo sin que hiciera falta enseñar.
Cuando ella levantaba las manos, todos sabían que venía el cambio: las palmadas hacia arriba, el golpe de pie, la risa que anticipaba el salto.
Éramos dos generaciones tocando el mismo tiempo, dos latidos de un mismo corazón.
Y aunque hoy me toque a mí marcar el ritmo, siento que sus palmas siguen sonando al lado mío.
Más que una danza: un lenguaje
Bailar en ronda tiene un poder antiguo.
En el círculo, nadie está adelante ni atrás: todos nos vemos, todos valemos lo mismo.
Ahí está el secreto: no importa si sos el que dirige, el que se equivoca, el que improvisa o el que solo sigue el ritmo. En esa ronda, todos somos uno.
Esa música —que empieza suave y va subiendo, subiendo, subiendo— es la metáfora perfecta de lo que somos: un pueblo que nunca se queda quieto, que acelera, que tropieza, que vuelve a empezar, pero que no deja de bailar juntos.
Un Eco que Atraviesa el Tiempo
Hoy, cuando escucho “la danza de las palmadas”, no solo oigo una melodía:
veo a mis abuelos bailando en una boda, a mis padres riendo, a los chicos corriendo por la pista.
Veo la historia del pueblo judío hecha ritmo, humor y movimiento.
Una tradición que no necesita palabras porque se transmite con un aplauso.
Y pienso: quizá la vida es eso.
Un gran círculo en el que, de vez en cuando, nos toca marcar el ritmo para que los demás sigan bailando.
Porque mientras haya música, memoria y una ronda que nos una, Am Israel seguirá bailando.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

