
Rosh Hashaná siempre nos encuentra con el corazón dividido. Entre la esperanza de un nuevo comienzo y la nostalgia de lo que dejamos atrás. Para quienes llegamos como olim jadashim, cada jag trae consigo un eco: la mesa familiar a la distancia, los sabores de la infancia que no están, las voces que se escuchan solo por Zoom o WhatsApp.
Pero también trae la certeza de que acá, en esta tierra, estamos escribiendo nuestra propia historia.
La shaná tová del emprendedor
Un emprendedor vive cada Rosh Hashaná como si fuera su balance personal: ¿qué logré este año?, ¿qué sueños pospuse?, ¿qué debo cambiar para crecer? Igual que en el negocio, la vida nos pide innovación, teshuvá, mirar adentro y decidir hacia dónde ir.
El emprendedor entiende que cada fracaso es una lección, cada cliente que se va es un espacio para mejorar, y cada pequeño logro es un shofar que suena dentro suyo: “¡No te rindas, seguí adelante!”.
El shofar y el corazón del olé
Cuando escuchamos el shofar en Israel, no suena igual.
Ya no es un eco de la sinagoga de nuestro barrio en Latinoamérica, sino el sonido de nuestra historia milenaria que nos dice: “volviste a casa”.
Pero esa voz también nos recuerda que emprender en Israel es como ser olé: hay tropiezos, hay barreras idiomáticas, hay noches de dudas. Y sin embargo, cada día es un acto de fe y de coraje.
Rosh Hashaná: la cabeza del cambio
Hace muchos años, mi rabino Richard Kaufmann me enseñó que Rosh Hashaná no significa solamente “año nuevo”, sino “cabeza del cambio”, o más exacto: “comienzo del cambio”.
Ese concepto siempre me marcó. Porque la cabeza guía al cuerpo, y así también el comienzo de un año marca la dirección de todo lo que viene después.
Para un emprendedor y para un olé jadash, esta idea es oro puro: no se trata de esperar a que todo cambie mágicamente, sino de ser la cabeza del cambio. De pensar distinto, de animarse a dar el primer paso, de marcar el rumbo aunque el camino todavía no esté del todo claro.
Nostalgia que inspira
Sí, extraño el leikaj de mi bobe, su pastrón, sus farfalaj, los knishes y los pletzalaj con pastrón y pepino. Extraño las sobremesas largas y los abrazos de mi bobe y mi zeide.
Pero aquí encontré nuevos sabores, nuevos amigos, nuevas familias que se arman en cada mesa compartida.
La nostalgia no es un obstáculo: es combustible. Me recuerda quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir.
El mensaje eterno
Rosh Hashaná no es solo un cambio de calendario. Es un recordatorio para todos los que emprendemos y para todos los que elegimos empezar de nuevo en Israel: cada comienzo es una oportunidad para crear, crecer y soñar más grande.
Que esta shaná tová nos encuentre con fuerza para levantar proyectos, abrir puertas, sanar miedos y, sobre todo, agradecer.
Porque emprender es también aprender a valorar lo que tenemos, aunque duela lo que falta.
Para finalizar
Rosh Hashaná es el momento de recordar que ser olé jadash es el emprendimiento más desafiante y glorioso.
No trajimos solo valijas: trajimos sueños, recetas de la bobe, bendiciones del zeide, canciones en idish, abrazos que todavía sentimos en la piel.
Cada vez que levantamos un negocio en Israel, estamos levantando también las plegarias de generaciones que soñaron con volver.
Cada cliente que atendemos, cada idea que lanzamos, cada desafío que superamos… es como soplar nuestro propio shofar, anunciando al mundo que Am Israel Jai.
Este año nuevo no es solo un cambio de calendario. Es una promesa:
Que nunca olvidaremos de dónde venimos.
Que siempre construiremos hacia dónde vamos.
Que seremos emprendedores de vida, de esperanza y de futuro.
Porque al final del día, nuestro mayor startup es Israel, y nuestra mayor inversión es creer en nosotros mismos.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

