
El Síndrome de Peter Pan es un término que describe a los adultos que, de alguna forma, se resisten a crecer. No hablamos de conservar la creatividad o el niño interior (eso es sano y necesario), sino de la evasión de responsabilidades: miedo al compromiso, dificultad para enfrentar la realidad y tendencia a refugiarse en lo fácil o divertido.
Este fenómeno no aparece solo en la vida personal o en las relaciones de pareja: también se manifiesta en la familia, la educación, las finanzas y, muy especialmente, en el mundo de los negocios. Y cuando un emprendedor cae en esta trampa, el costo puede ser altísimo: proyectos que nunca despegan, oportunidades perdidas y un constante sabor a frustración.
Por eso, ser conscientes de este síndrome es clave. Reconocerlo nos permite tomar acción, crecer como personas y como profesionales, y dar a nuestro negocio las bases que necesita para escalar.
- El emprendedor que no quiere crecer
Disfruta de la parte creativa, pero evita lo administrativo.
Prefiere la adrenalina de empezar proyectos nuevos, pero nunca los termina.
Le teme a compromisos como contratos, contabilidad o empleados.
- “Quiero ser libre”… pero la libertad también necesita estructura
La independencia soñada se transforma en caos si no hay orden. Ser tu propio jefe no significa vivir sin reglas: significa crear tus propias reglas y cumplirlas.
- Cómo se manifiesta en la práctica
Procrastinación: dejar para mañana la reunión con el contador.
Falta de disciplina: trabajar solo “cuando tengo ganas”.
Buscar solo lo divertido: redes sociales sí, plan de negocios no.
- El “Wendy” en el emprendimiento
En la historia original, Wendy es la niña que cuida y protege a Peter Pan, asumiendo las responsabilidades que él evita. Ella representa el rol de sostén, de quien se encarga de mantener el orden mientras Peter se dedica a jugar y escapar de la realidad.
En los negocios también existe este fenómeno: el “Wendy” puede ser un socio, una pareja, un empleado o incluso los propios clientes que terminan cargando con lo que el emprendedor no quiere enfrentar. Puede ser la persona que siempre recuerda los pagos, la que organiza lo administrativo, la que pone límites o sostiene económicamente.
El problema es que este rol, tarde o temprano, genera desgaste y resentimiento. Ningún negocio puede crecer de forma sana si depende de que otros hagan el trabajo que el fundador evita. Un “Peter Pan” puede necesitar un “Wendy” en lo literario, pero en la vida real, ser emprendedor significa tomar la posta y no esperar que alguien más se haga cargo.
- El costo de no madurar
No profesionalizar tu negocio significa perder oportunidades, no escalar, y vivir siempre al borde. Crecer implica asumir riesgos, pero también garantiza estabilidad.
- Estrategias para crecer sin perder la chispa
Formalizá tu marca y tus números.
Ponete metas con fechas y cumplilas.
Buscá mentores que te hagan rendir cuentas.
Mantené el espíritu creativo, pero con bases sólidas.
- Una reflexión personal
Yo también me encontré varias veces queriendo quedarme en Nunca Jamás. Disfrutaba de la adrenalina de empezar proyectos nuevos, de la chispa creativa, del entusiasmo de lo inmediato… pero muchas veces postergaba lo que realmente hacía falta: poner orden, formalizar, asumir compromisos.
Con el tiempo entendí que esa supuesta “libertad” era engañosa. La verdadera libertad no aparece cuando evitamos responsabilidades, sino cuando nos organizamos, tomamos el control y somos responsables de nuestras decisiones. Fue entonces cuando vi que los proyectos dejaban de ser juegos pasajeros y se transformaban en negocios sólidos, con capacidad real de crecer.
Conclusión:
El verdadero emprendedor no deja de soñar, pero tampoco se queda en Nunca Jamás. Crecer en tu negocio no significa perder la magia, significa darle alas para volar más alto.
La tradición judía lo expresa con fuerza: “No digas: ‘Cuando tenga tiempo estudiaré’, porque quizás nunca tengas tiempo” (Pirkei Avot 2:4). Es un llamado directo a dejar de postergar y actuar ahora.
Y si miramos a nuestros líderes, recordemos que Moshe no se quedó en el palacio de Egipto viviendo como un príncipe: eligió asumir la responsabilidad de liderar y guiar a su pueblo. Esa es la esencia del liderazgo: dejar la comodidad infantil y hacerse cargo del propio destino y del de quienes dependen de nosotros.
Crecer no es perder la infancia. Es transformarla en fuerza, visión y responsabilidad.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

