
Imaginemos por un instante la escena:
Un burro, hambriento y sediento, se encuentra en el punto medio exacto entre un montón de heno fresco y un cubo de agua cristalina. A su izquierda, la promesa de saciar el hambre. A su derecha, la salvación de la sed.
El dilema parece trivial: bastaría con dar un paso en cualquier dirección para sobrevivir. Pero aquí surge la trampa: el burro, atrapado en su afán por elegir la opción “correcta”, queda paralizado. Piensa, duda, evalúa, sopesa, calcula… hasta que el tiempo pasa, el heno se pudre, el agua se evapora y él muere sin haber comido ni bebido.
Este es el famoso experimento mental del burro de Buridan, una paradoja filosófica que atraviesa siglos y que hoy resulta más actual que nunca. Porque no hablamos de un animal indeciso, sino de nosotros mismos, de nuestros miedos y de nuestras decisiones postergadas.
La indecisión como condena invisible
¿Cuántas veces nos pasó lo mismo en carne propia?
No entre heno y agua, pero sí entre:
- Aceptar un trabajo estable o arriesgarse con un emprendimiento.
- Invertir en una idea o esperar a que llegue “la gran oportunidad”.
- Abrir un negocio online o seguir confiando en lo presencial.
La mente comienza su danza racional:
? “¿Y si me equivoco?”
? “¿Y si pierdo dinero?”
? “¿Y si después aparece algo mejor?”
Y en esa obsesión por la decisión perfecta, terminamos como el burro: sin avanzar, sin probar, sin aprender.
La vida —y el mercado— no esperan. La indecisión no es neutra: tiene costo. Mientras pensamos, otros se mueven. Mientras dudamos, las oportunidades se escapan.
La ilusión de la decisión perfecta
La paradoja de Buridan desnuda una verdad incómoda:
no existe la decisión perfecta.
Toda elección implica renuncias, riesgos y aprendizajes. Lo que sí existe es la capacidad de ajustar en movimiento. El emprendedor que espera la certeza absoluta nunca arranca; en cambio, el que se lanza y corrige sobre la marcha, avanza.
Los grandes innovadores no son los que tuvieron “la idea infalible”, sino los que se animaron a probar, equivocarse, medir, aprender y volver a intentar.
Una lección para emprendedores
En el mundo de los negocios, el dilema del burro es más letal que nunca. Porque aquí el tiempo no es solo biológico, es económico.
- Cada minuto de indecisión es un cliente que no atendiste.
- Cada duda extendida es una competencia que sí lanzó su producto.
- Cada “mañana empiezo” es un capital que pierde valor.
La parálisis por análisis —ese vicio de querer tener todas las variables bajo control antes de actuar— es el verdadero asesino silencioso de emprendimientos.
El poder de decidir (aunque sea imperfecto)
La moraleja es clara:
? Es mejor una decisión imperfecta hoy que una decisión perfecta nunca.
Moverse genera feedback, aprendizaje, experiencia. La acción crea caminos que la mente, desde la quietud, nunca logra imaginar.
El burro no murió por falta de recursos. Murió por falta de acción. Y en la vida real, cuántos proyectos, relaciones y sueños quedan en el cementerio de lo que “pudo haber sido” solo por miedo a dar un paso.
Cómo vencer al burro que llevamos dentro
- Acotá el tiempo de decisión. Ponete un deadline. La mayoría de las decisiones no necesita un año de análisis.
- Aceptá el error como parte del proceso. No es fracaso: es feedback.
- Priorizá el movimiento sobre la perfección. A veces, “suficientemente bueno” es mejor que “ideal pero imposible”.
- Definí un criterio rector. En vez de buscar certezas absolutas, preguntate: ¿esta opción me acerca o me aleja de mi visión?
- Actuá y corregí en el camino. Como en un GPS: si te desviás, recalculás, pero seguís avanzando.
La elección es el acto de vivir
Decidir no es solo un ejercicio racional: es un acto de vida.
El burro se muere porque no decide. Y nosotros, cuando no elegimos, también morimos un poco: mueren las oportunidades, los momentos, los proyectos, las versiones posibles de nosotros mismos.
La vida no espera. El mercado no espera. El tiempo no espera.
La próxima vez que te veas paralizado entre dos caminos, recordá a nuestro burro filosófico. Y decidí. Aunque te equivoques. Porque en el movimiento está la supervivencia, el crecimiento y la verdadera libertad.
Tajles
El burro de Buridan no es una fábula absurda: es un espejo.
Nos recuerda que no decidir es, en sí, la peor decisión. Que la racionalidad extrema puede transformarse en parálisis. Y que, en la vida como en los negocios, las oportunidades son perecederas.
Así que la próxima vez que te encuentres entre “heno y agua”, no te quedes a mitad de camino. Elegí. Actuá. Avanzá.
Porque mientras dudás… el heno se pudre, el agua se evapora, y la vida sigue su curso sin vos.
Mi consejo final
No nacimos para ser burros paralizados entre dos opciones.
Nacimos para ser caminantes, para equivocarnos, para aprender, para rehacernos una y mil veces.
La vida no se mide en los aciertos que acumulamos, sino en los pasos que nos atrevimos a dar. Porque incluso un error en movimiento nos transforma más que mil certezas inmóviles.
Así que decidí.
Decidí aunque tiemble la mano.
Decidí aunque no tengas todas las respuestas.
Decidí aunque el camino sea incierto.
Porque cada decisión es un acto de libertad. Y en esa libertad se juega todo: tu destino, tu legado y la huella que dejarás en el mundo.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

