Rabi Zusha se alegra con su porción
(Cuento de Rab Shlomo “Shloime” Carlebach — adaptado y traducido al castellano por Federico Pipman alumno y jasid del Rab Shloime)
Amigos míos, les voy a contar un cuento de esos que, si los dejamos entrar en el corazón, pueden cambiarnos la vida entera… Lo escuché por YouTube de la boca del Tzadik Rab Shloime Carlebach, y lo traigo para ustedes como él lo contaba, con todo el amor y la música de su voz…
Escuché que nuestro santo Rabenu de Shinova, cada vez que un avrej o un muchacho venía ante él y decía: “Rebe santo, quiero ser su jasid”, él respondía: “Antes de que decidas ser mi jasid, tengo que contarte una historia sobre nuestro santo maestro, Rabi Zusha”.
Rabi Zusha era Rebe en la ciudad de Anipoli. El Rebe, Rabi Zusha, era de verdad pobre y necesitado. Su vida era muy dura. No porque no tuviera, sino porque entregaba todo lo que tenía… Pero el Rebe, Rabi Zusha, estaba lleno de alegría todo el tiempo. Su emuná y su bitajón —¿quién puede alcanzarlos?
Y el Rebe, Rabi Zusha, jamás dejó salir de su boca la palabra “yo”. Solo hay un “Yo”: “Yo soy Hashem, vuestro Dios”. Cuando hablaba de sí mismo, él decía: “Zusha”.
Pues bien, en Anipoli había dos grandes: el Rebe, Rabi Zusha —de la escuela jasídica—, y también estaba el rabino oficial de allí. Y la diferencia era muy simple. Que me perdone cualquier “mitnagued” que escuche esto… El rabino estaba lleno de enojo, sin alegría, lleno de tristeza; de verdad, parecía que odiaba a cualquiera que veía…
Y Rabi Zusha estaba alegre todo el tiempo.
Y, por supuesto, de todos, a quien más odiaba él era al Rebe, Rabi Zusha, ¡porque Rabi Zusha estaba lleno de alegría!
Y ustedes saben, rabotai, que una persona que está enojada y llena de tristeza, al final, tampoco puede soportarse a sí misma.
Una vez, de noche, el rabino de Anipoli pensó para sus adentros: “Ya no tengo fuerzas ni para mí mismo, ¿qué puedo hacer?”.
Entonces esperó hasta medianoche; esperaba que nadie lo viera, y entró en la casa del Rebe, Rabi Zusha. Y le dijo a Rabi Zusha:
“Solo quiero hacerte una pregunta”.
“No los entiendo. En su casa la vida es tan difícil, y ustedes están llenos de alegría. Yo, baruj Hashem, lo tengo todo, y estoy lleno de enojo, tristeza y dolor… ¿Cómo puedo arreglar esto?”
Y Rabi Zusha le dijo:
“Zusha te lo va a explicar”.
“Empecemos por la boda de Moishele el gebir (el ricachón), la semana pasada.
“En Anipoli había un judío riquísimo, y para la boda de su hija invitó a toda la ciudad. Pues bien: el mensajero de Moishele el gebir entró en tu casa, honorable rabino, y te dijo en voz alta: ‘Moishele te invita a la boda de su hija’. Y tú le dijiste: ‘Déjame ver tu lista, a quiénes invitas’. Y ves que eres apenas el número catorce en la lista. Y dices: ‘¡Qué jutzpá (atrevimiento) terrible!
“¡Yo soy el número catorce! ¡Soy el rabino de la ciudad! Yo debería ser el primero. Y si soy solo el catorce… ya verá. Voy a llegar tarde’. Decidiste llegar dos horas después de la hora.
“Pues bien: dos horas tarde… ya había otro que los había casado. Todos estaban sentados a las mesas, comiendo, y ni un solo lugar quedaba para ti. Nadie se dio cuenta de que llegaste…
“Te quedas parado junto a la puerta, sin saber qué hacer del enojo… ‘¿Otro rabino hizo el kidushín —cuando yo soy el rabino aquí—? ¡Qué jutzpá!’
“Pero nadie te habla…
“Te acercas a una mesa y te sientas detrás de otra persona. Y estás enojado con el novio y la novia, con tu esposa, con el Kadosh Baruj Hu, con el padre del novio, con el padre y la madre de la novia… estás enojado con todos.
“De pronto entra Moishele el gebir y te ve, al rabino, sentado solo; no junto a la mesa sino detrás de la mesa. Y te dice: ‘More veRabí (maestro y mi rabino), lo esperamos, pero usted no vino; entonces otro los casó. Lamento mucho que no haya llegado a tiempo, pero quiero que se siente en la mesa grande’.
“Pero la verdad es que la mesa especial de los invitados ya estaba llena. Así que te da una silla, otra vez detrás de otra persona.
“El mozo empieza a traer la comida y no te ve. Entonces sirve a todos… menos a ti.
“Moishele entra y ve que no tienes nada para comer. Mientras tanto, tú maldices al mozo hasta el fin del mundo. Y Moishele dice: ‘Un momento, un momento, Rabí; ya mismo le traigo comida’.
“Pero la verdad es que la comida se terminó.
“Entonces el gebir, Moishele, entra a la cocina y junta maaser aní (diezmo para el pobre), maaser rishón (primer diezmo), maaser shení (segundo diezmo), leket y peá (espigas caídas y la esquina del campo) —lo que le quedaba en la cocina—: medio vegetal de aquí y medio pollo de allá, y te trae un plato. Y ves que la mitad ya fue comida por otra persona.
“Entonces te enojas aún más con él. ‘¡Qué jutzpán! Nunca hubo algo así. ¿Qué clase de comida me trae?’
“Mientras tanto, la seudá (banquete) ya casi termina. Una cosa te queda clara: tú eres el rabino, así que tú vas a decir el Birkat Hamazón. Tú vas a decir las Sheva Berajot. Te preparas, te sientas y esperas los honores. Pero el gebir ya no te ve; ya se olvidó de ti, y honra a otro para el Birkat Hamazón, y a otros para las Sheva Berajot.
“Regresas a casa a medianoche, con enojo, con tristeza; maldices al novio y a la novia, a sus padres hasta Abraham Avinu y Sará; maldices al mundo entero.
“Odias a tu esposa, odias a los niños, odias a todo Am Israel…”
“Pero toma a Zusha.
“Cuando el mensajero de Moishele el gebir entró a la casa de Zusha y me dijo: ‘Moishele el gebir lo invita, Rebe Rabi Zusha, a la boda de su hija’, le dije: ‘¿Estás seguro de que me invita a mí? Jamás le hice nada bueno. No merezco ser invitado’.
“Y él me dice: ‘Sí, sí, sí. El gebir lo invita’.
“Pensé para mí: ¡Gevald!, ¡qué tzadik perfecto es Moishele que me invita! No lo merezco. Y si me invita, entonces debo mostrarle que soy un buen amigo suyo.
“Llegué unas horas antes de la jupá. Pensé: quizá puedo ayudarlo en algo…
“Zusha hizo (ofició) el kidushín… Zusha se sentó junto a la mesa… Zusha comió una seudá completa… Zusha dijo el Birkat Hamazón… Honraron a Zusha con las Sheva Berajot…
“Zusha volvió a casa, amó a su esposa, a sus hijos; amó al novio y a la novia; amó a todo Am Israel.
“¿Lo ves? —tú quieres todo y no tienes nada. Zusha no quiso nada… y le dan todo.”
Y quizás, queridos, el secreto de la vida no está en recibir más… sino en necesitar menos para poder verlo todo como un regalo. Zusha lo sabía. Y ahora… nosotros también.

