Arreglar el mundo… empezando por uno mismo
Si querés cambiar el mundo, no empieces por la ONU ni por las calles.
Empieza por el espejo.
Hay historias que uno cuenta tantas veces que ya se vuelven parte de uno.
Cuentos que viajan con vos de conferencia en conferencia, de charla en charla, como viejos compañeros de camino.
Este es uno de ellos. Lo habré contado decenas de veces… y, sin embargo, cada vez que lo vuelvo a decir, le encuentro un sentido más profundo.
Un científico vivía preocupado por todos los problemas del mundo.
Soñaba con encontrar una solución. Se encerraba en su laboratorio buscando respuestas.
Un día, su hijo de 7 años entró decidido a ayudarlo. El padre, nervioso por la interrupción, intentó distraerlo:
Tomó una revista y encontró un mapa del mundo. Lo recortó en pedacitos y se lo entregó, pensando:
«Esto lo mantendrá ocupado por horas, quizá meses…»
Pero al poco tiempo, el niño volvió:
—“Papá, ya terminé.”
El padre no podía creerlo:
—“¿Cómo pudiste armar el mundo si nunca lo habías visto antes?”
El niño sonrió:
—“Papá, cuando recortaste el mapa, vi que del otro lado había la figura de un hombre. Yo sí sé cómo es un hombre. Así que lo armé… y cuando terminé de arreglar al hombre, di vuelta la hoja… y el mundo estaba arreglado.”
Para arreglar el mundo, primero hay que arreglar al hombre.
En el judaísmo lo llamamos tikún olam: reparar el mundo. Pero no hay tikún olam sin tikún atzmí: la reparación personal.
Cada vez que cuento esta historia, recuerdo que las grandes revoluciones empiezan con pequeños cambios… en uno mismo.
Porque cuando una persona se repara, su familia cambia.
Cuando una familia cambia, su comunidad se transforma.
Y cuando las comunidades cambian… el mundo se arregla.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita reparadores.
Pero el primer mundo que hay que arreglar… es el que llevás adentro.
MBA Federico Elian Pipman asesor de negocios y coach motivacional

