
PERDIDO, PERO NO TANTO
Por Federico Elian Pipman – Asesor de negocios, conferencista y orgulloso ole jadash
Una vez, Benjamín se perdió en el supermercado.
Tenía apenas seis años. Estaba con su mamá haciendo las compras. Ella se detuvo a mirar tomates, y él vio un robot de juguete colgado en una góndola. Caminó hacia él sin pensar… y cuando se dio vuelta, su mamá ya no estaba.
El pasillo se volvió eterno. La gente, extraña. Las voces, lejanas. El miedo le subió hasta el pecho.
—¿Estás perdido? —le preguntó un señor del supermercado, agachándose.
Benjamín asintió con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Sabés cómo te llamás?
—Benjamín Cohen.
—¿Y tu mamá?
—Miriam. Mi papá se llama Daniel.
El hombre sonrió.
—Muy bien, campeón. Vamos a buscarlos.
En minutos, su nombre sonó por los parlantes. Y cuando su mamá llegó corriendo, lo abrazó con tanta fuerza que el miedo se fue.
—¿Tenías miedo? —le preguntó ella.
—Sí… pero también sabía quién era. Y eso me ayudó a no olvidarme de volver.
Unos días después, en el shule, la morá pidió a los chicos que contaran algo sobre sus orígenes:
—¿De dónde vinieron sus abuelos? ¿Qué historias conocen de su familia?
Benjamín levantó la mano enseguida.
—Mis abuelos vinieron de Polonia y de Siria. Uno llegó después de la guerra. El otro tenía una panadería. Mi bisabuela se llamaba Raquel, hablaba ladino.
Todos lo escuchaban con atención. Cuando le tocó a Ezequiel, su compañero, bajó la mirada.
—No sé… no sé nada —susurró.
En el recreo, Benjamín se le acercó.
—¿Estás bien?
—Me sentí… como si me hubiera perdido —dijo Ezequiel.
Benjamín pensó un momento.
—Una vez me perdí en el súper. Me asusté mucho, pero sabía cómo me llamaba. Y eso me ayudó.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que saber quién sos… es como tener un mapa cuando estás solo. No te saca del problema, pero te da dirección.
—¿Y si no sé?
—Entonces empezá hoy. Preguntá. Escribí. O inventá tu historia desde ahora. Porque no hay nada más fuerte que un judío que sabe de dónde viene y para qué vino.
Ezequiel volvió a casa y preguntó por primera vez:
—¿Dónde nació el abuelo?
Al día siguiente, trajo una hoja escrita con letras grandes:
“León. Carpintero. Vino de Ucrania.”
Y Benjamín, al verlo, entendió algo que nunca olvidó:
A veces, estar perdido no es no saber dónde estás…
Es no saber quién sos.
hacer aliá no es solo cambiar de país. Es cambiar de piel.
Es volver a empezar cuando ya estabas armado. Es hablar como un nene en un mundo de adultos. Es estudiar, criar hijos, pagar cuentas, adaptarte, buscar trabajo, hacer filas en oficinas donde nadie te explica, y seguir adelante. Sin red. Sin garantías.
Y muchos días te sentís como Benjamín en ese supermercado.
Perdido. Chiquito. Vulnerable.
Lejos de todo lo que conocías.
Y lo peor: sin nadie que te llame por tu nombre.
Pero hay algo que no podés olvidar:
Tu nombre es más fuerte que tu miedo.
Tu historia es más grande que tu frustración.
Y tu misión en esta tierra es más importante que cualquier burocracia.
Tu historia empezó hace más de 3.000 años. Vos no llegaste a Israel: volviste.
Viniste con las bendiciones de generaciones enteras que no pudieron hacerlo. Viniste con las oraciones de abuelos que murieron soñando con ver Yerushalayim. Viniste con el mandato silencioso de la historia de tu pueblo.
Y aunque hoy no entiendas bien el idioma,
aunque te sientas solo, frustrado o invisible,
vos ya ganaste. Porque estás acá. Porque no te rendiste. Porque elegiste ser parte.
Y si no sabés quién sos, empezá ahora.
Preguntá. Investigá. Escribí tu historia.
No la perfecta. La verdadera. La tuya.
Con errores, con dudas, con miedos.
Pero también con propósito, con legado y con visión.
Porque el verdadero problema no es perderse…
es vivir sin buscarse.
No estás roto por tener miedo.
No sos débil por extrañar.
No sos un fracaso por no entender el sistema.
Sos humano. Sos valiente.
Y sos parte de una historia más grande que este momento difícil.
Una historia personal
Y si todavía te estás preguntando si valió la pena… te quiero contar algo personal:
Las dos veces que me despedí de mi familia en Argentina (2006 y 2010), me hicieron una fiesta muy emotiva, con todos los parientes y amigos.
En esa despedida, les dije algo que hasta hoy me acompaña:
“Yo no estoy viniendo solo a Israel. Estoy llegando por todos ustedes.
Por mis abuelos que quedaron en Europa.
Por todos los judíos que no pudieron venir en 2.000 años.
Y así será con ustedes, el día que también vuelvan.”
Porque a Israel no se va. A Israel… se vuelve.
Y vos… ya empezaste a volver.
Hoy, agarrá un papel.
Escribí tu nombre.
Escribí tres cosas que trajiste en tu valija además de ropa.
Y tres sueños que querés sembrar en esta tierra.
Ese es tu mapa.
No estás solo.
No estás perdido.
Solo estás recordando tu nombre.

