PEDÍ TU REUNIÓN

ז׳ בשבט ה׳תשפ״ו (25/01/2026)
בס"ד

Comparte este Post

Tomás, el ortodoxo

(de Aída Bortnik)

Tomás era un niñito muy prolijo. Tanto, que casi, casi, no parecía un niñito. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado. Estaba siempre limpio y se iba a dormir cuando los niñitos tenían que irse a dormir. Todos sus juguetes estaban enteros, brillantes y en el estante correspondiente. Estaba tan preocupado por conservar todos sus juguetes, que nunca jugaba con ellos. Tomás era un niñito al que no inquietaban el vuelo de los pájaros ni el funcionamiento de su cuerpo.

Tomás era un joven muy disciplinado. Tanto, que casi, casi, no parecía un joven. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado. Estaba siempre prolijamente vestido y era educado con las chicas y respetuoso con los mayores. Estaba tan preocupado por repetir bien sus lecciones que nunca sabía de qué estaba hablando. Tomas era un joven al que no inquietaban el rotar de las estrellas ni el bullir de su sangre.

Tomás era un hombre muy ordenado. Tanto, que casi, casi no parecía un hombre. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado, nunca se comprometía demasiado. Estaba siempre del humor justo y trataba cortésmente a las mujeres, a los mayores, a los jefes y a los subordinados. Estaba tan preocupado por cumplir con todos sus deberes que nunca tuvo tiempo para saber qué significaban. Tomás era un hombre al que no inquietaban el destino de la humanidad, ni el significado de sus pesadillas.

Tomás era un marido muy metódico. Tanto, que casi, casi, no parecía un marido. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca daba demasiado. Cuando era preciso se disponía a hablar brevemente, escuchar brevemente y proceder brevemente, durante el abrazo. Estaba tan preocupado en observar todas las reglas del matrimonio que nunca se le ocurrió disfrutar. Tomás era un marido al que no inquietaban los fantasmas de la felicidad, ni los demonios de los celos.

Tomás era un padre muy riguroso. Tanto, que casi, casi, no parecía un padre. Nunca preguntaba bastante, nunca pedía bastante, nunca curioseaba bastante, nunca intervenía bastante, nunca se comprometía demasiado, nunca daba demasiado, nunca esperaba demasiado. Estaba siempre dispuesto a juzgar y a ordenar, sin olvidar los buenos modales. Estaba tan preocupado por ejecutar todas las obligaciones de la paternidad que nunca pudo conocer a sus hijos. Tomás era un padre al que no inquietaban las frustraciones de sus sueños, ni las posibilidades de una guerra.

Tomas murió una mañana de verano. Lo enterraron por la tarde. Por la noche comenzaron a olvidarlo.

El señor lo observó en silencio, mientras escuchaba el minucioso relato de sus deberes cumplidos. Después suspiró – el Señor jamás suspiraba- y dijo: «Cada siete días, cuando orabas prolijamente tus oraciones, sin olvidar ninguna palabra, yo esperaba. Como esperaron tus padres y tus hijos, tus maestros y tu mujer, tus compañeros y tus ángeles. Esperaba que preguntaras algo, que pidieras algo, que exigieras algo, que sintieras algo demasiado poderoso para ser controlado. Esperaba que te encontraras o te perdieras. Esperaba, como todos esperaron, que me necesitaras. Pero me has dado a mí, regularmente, cada séptimo día, lo mismo que le has dado a la vida: una devoción vacía. Tú eres el único fracaso imperdonable para la Creación: un hombre que no la cuestiona. Vete, Tomás -concluyó el Señor-, también yo quiero olvidarte.»

Cuando iba al shule Sholem Aleijem Bialik de Mataderos, solíamos ir todos los shabatot al minian en el shil «Tfilat Shalom». En el sidur aparecía este cuento, y mi papá lo comentaba y debatía conmigo en muchas oportunidades. Es uno de esos recuerdos que quedan grabados para siempre.

Análisis y significado

Este cuento es una crítica sutil y poderosa a la vida vivida en piloto automático, al cumplimiento mecánico de normas sin verdadera conexión, emoción ni cuestionamiento. Tomás representa al ser humano «perfecto» por fuera pero vacío por dentro.

Ejes temáticos:

La obediencia sin alma: Tomás hace todo «bien», pero no siente, no ama, no duda, no explora. Vive para cumplir, no para vivir.

La falta de autenticidad: Nunca se permite ser él mismo. Es «correcto», pero no real.

La desconexión espiritual: Incluso su relación con Dios es rutinaria. Ora sin alma. El Señor espera una conexión auténtica, no una repetición formal.

La crítica al deber sin pasión: Cumple con su rol de hijo, estudiante, esposo, padre… pero siempre desde una distancia emocional.

Apuntate y recibe noticias

Lee mas

Blog

Brindis contra el tiempo_Salud, dinero y amor

Todas las civilizaciones terminan igual: alrededor de una mesa. No importa el idioma, el calendario ni la bandera. Siempre hay copas levantadas como pequeñas antorchas

Estamos aqui a tu servicio

Deja tus datos y te contactamos a la brevedad

¡Felicidades, has dado el primer paso!

Tu mensaje ha sido enviado y te responderemos lo antes posible.

Completa el formulario para comenzar

Completa el formulario para comenzar

Completa el formulario para comenzar