¿Cómo relacionás la Torá con el marketing, el coaching o el networking?
Es una pregunta que me hacen con frecuencia.
Una vez, al terminar una conferencia sobre comunicación con propósito, alguien se me acercó y me preguntó con total sinceridad:
“Federico, Velvel, ¿cómo hacés para vincular pensadores judíos, personajes del Tanaj, líderes rabínicos o citas bíblicas con temas tan ‘terrenales’ como el marketing, las relaciones públicas, el coaching o el networking?”
Y más de una vez me preguntaron si soy rabino.
Antes que nada, quiero dejarlo claro: no soy rabino, ni me considero cercano a ese nivel en conocimiento ni en ejemplo personal. Pero sí creo profundamente en el pensamiento sistémico. ¿Qué significa esto? Que todo en la vida está conectado. Que no hay compartimentos estancos. Que cada experiencia, cada saber, cada tradición y cada disciplina pueden dialogar entre sí para enriquecer nuestra comprensión del mundo y nuestra manera de vivir en él.
Creo que toda mi vida me fui formando con ese propósito: unir mundos. Mi base religiosa comenzó en la yeshivá de Jabad. El Rebe enseñaba que todo lo que uno ve o escucha debe convertirse en una enseñanza para el servicio a Hashem. Cada cosa que pasa, cada situación, puede estar relacionada con un pasuk, con una reflexión espiritual. Más adelante, me nutrí del pensamiento del Rav Kook. Su historia familiar ya es una enseñanza en sí misma: su padre era lituano, su madre jasídica de Jabad. La unión de estas dos visiones, que siempre se presentaron como opuestas, dio lugar a una visión integradora, redentora, el judío de Eretz Israel. Una visión que busca aprender de todas las corrientes sin excepción, estudiar todas las fuentes
También tuve la bendición de aprender de personas que viven esta integración en carne propia. Mi rabino, Richard Kaufmann, es un claro ejemplo. Además de su formación rabínica, estudió historia judía en la universidad y trabaja como guía turístico. Es alguien que puede citar una fuente talmúdica con precisión y, al mismo tiempo, contarte anécdotas de cada piedra de Jerusalén.
Una vez caminábamos por la Ciudad Vieja y pasamos por una plaza donde está grabado un versículo del profeta Zacarías: «וּרְחֹבוֹת הָעִיר יִמָּלְאוּ יְלָדִים וִילָדוֹת מְשַׂחֲקִים בִּרְחֹבֹתֶיהָ» “Y las calles de la ciudad se llenarán de niños y niñas que jugarán en sus calles” (Zacarías 8:5).
Él me miró y dijo: “Hace cien años esto era una profecía; hoy, lo estás viendo con tus propios ojos.”
En ese momento entendí que la historia no es algo que pasó: es algo que late en el presente. Que la Torá y los profetas no hablan solo de milagros pasados, sino de una visión viva, para construir futuro.
Hay una historia sobre la madre del Rav Kook que siempre me estremece. En su viaje en barco hacia Eretz Israel, una monja le preguntó por qué iba a la Tierra Santa. Ella, con la sabiduría característica del alma judía, devolvió la pregunta: “¿Y usted por qué va?”. La monja respondió: “Porque mi Dios está enterrado allí”. A lo que la madre del Rav respondió con una profundidad tremenda: “El mío vive allí”. ¡Qué intensidad! ¡EIZE OMEK (Qué profundidad)! Es esa forma de ver la vida —desde la raíz espiritual, pero aplicada al presente y al propósito— la que intento aplicar en mi camino.
El Rav Kook, en su explicación del Sidur, se detiene en la primera oración que decimos al despertar: Modé ani lefaneja. Si lo analizamos gramaticalmente, parece incorrecto. Debería decirse “Ani modé” (yo agradezco), y no “agradezco yo”. Pero Rav Kook nos enseña un jidush extraordinario: la frase está perfecta tal como está. Primero viene el agradecimiento, luego la identidad. No puedo empezar a hablar de mí, ni siquiera empezar el día, si no reconozco antes la gratitud por estar vivo. Esta visión, propia de Torat Eretz Israel —una Torá completa que se estudia desde la conexión con la Tierra de Israel— nos enseña a empezar desde el agradecimiento, no desde el ego.
Y hay otro mensaje poderoso que nos deja Rav Kook, uno que para mí es fundamental en esta tarea de tender puentes entre mundos: nos enseña a hablar con la letra “y”. Estamos muy acostumbrados a pensar con la disyuntiva: “Torá o facultad”, “Torá o ejército”, “Torá o Estado”, “Torá o mundo”. Rav Kook propone otra lógica: la de la integración. “Torá y facultad”, “Torá y tzavá”, “Torá y mediná”, “Torá y derej eretz”, “Torá y negocios”, “Torá y marketing”.
La letra vav, la letra de la conexión, es también una forma de pensamiento, una forma de construir sociedad, identidad, propósito. No se trata de elegir entre espiritualidad o mundo; se trata de traer espiritualidad al mundo.
La letra vav en hebreo es la letra de la conexión. Une palabras, pero también tiempos: en hebreo bíblico, vav hahipuj cambia el tiempo verbal del pasado al futuro y del futuro al pasado. Es decir, la vav no solo conecta ideas; transforma el tiempo. Trae el pasado al presente y el presente al futuro. Trae la tradición al ahora y la innovación al alma.
En una sesión de consultoría con un emprendedor, me compartió que sentía incomodidad al hacer marketing de su proyecto: “Parece que me estoy vendiendo a mí mismo”, me dijo. Le compartí una idea del Rebe de Lubavitch: que no hay que ocultar la luz. Que si uno tiene algo bueno para ofrecer al mundo, silenciarlo no es humildad, es irresponsabilidad.
Ahí cambió su narrativa: dejó de hablar desde el “yo” y empezó a hablar desde el “valor que podía aportar”. Y eso, paradójicamente, le permitió vender más.
Entonces, ¿cómo no aplicar esta sabiduría también al marketing, al liderazgo, a la comunicación, al desarrollo personal? Todas estas áreas están íntimamente relacionadas con nuestra forma de ver el mundo, de vincularnos con los demás, de servir y dar valor. Investigué y me di cuenta de que nadie había trabajado seriamente esta intersección entre Torá y estrategias contemporáneas. O si lo hicieron, fue algo aislado, esporádico. Pero como bien enseña el marketing, uno debe encontrar su propuesta de valor, su voz auténtica, su nicho. El mío es este: tender puentes entre la espiritualidad judía y las herramientas del siglo XXI.
En los últimos años vemos cómo muchas tendencias de negocio y desarrollo personal apuntan a lo que llaman “sabiduría ancestral”. Desde el slow food hasta el mindfulness, desde el liderazgo con propósito hasta los modelos de vida sostenibles, hay una búsqueda clara de raíces. En ese contexto, mirar a la Torá no es un acto de nostalgia, ni un regreso al pasado. Todo lo contrario: es una forma de ir hacia lo profundo. No se trata de elegir entre tradición o innovación. Se trata de entender que la tradición, bien interpretada, es la base más sólida para innovar con sentido. El conocimiento milenario de nuestra cultura tiene claves que, aplicadas con inteligencia, pueden transformar cómo vendemos, cómo lideramos, cómo comunicamos y cómo vivimos. Innovar no es siempre inventar algo nuevo, sino a veces volver a lo esencial con ojos nuevos.
En definitiva, el judaísmo no es una isla. Es una fuente. Y el mundo moderno, con todos sus desafíos, está sediento de fuentes con sentido.
Mi deseo es que cada uno pueda descubrir cómo su tradición, sus valores y su historia personal pueden convertirse en un capital único para iluminar su profesión y su propósito.
Y mi invitación para vos es esta:
¿Qué nuevas “y” podrías empezar a integrar en tu vida para ampliar tu mirada y enriquecer tu misión en el mundo?
Pensá en una decisión que estés por tomar, un proyecto que tengas entre manos, un dilema profesional.
Y preguntate:
¿Qué sabiduría ancestral puedo traer a este desafío contemporáneo?
¿Qué letra vav puedo poner hoy para unir lo que antes creía separado?
MBA Federico Elian pipman
Un Yehudi de Eretz Israel

