El domingo comencé la semana con una conversación que me marcó profundamente. Tuve el privilegio de hablar con una persona realmente especial: Clara Cohen, fundadora de Savant Consulting, una eminencia en el mundo de la consultoría intercultural.
Clara es consultora, conferencista y facilitadora de negocios. A lo largo de más de 25 años ha trabajado con empresas, instituciones académicas y gubernamentales en todo el mundo. Con dominio nativo de varios idiomas, ha sabido tender puentes entre culturas, acortando distancias y cerrando brechas. Su enfoque humano, su profundo entendimiento de las diferencias culturales y su actitud de “todo es posible” la convierten en una figura única en su campo. Además, Clara es una artista intuitiva, con un talento y una sensibilidad poco comunes. literalmente, «una mujer-mentsh» (persona íntegra, honorable, con valores).
Durante nuestra charla, Clara me compartió algo muy personal: desde el 7 de octubre no ha podido volver a pintar. Esa revelación me conmovió profundamente, porque también me vi reflejado en su experiencia. Desde ese mismo día, yo también quedé paralizado. Hasta enero de 2025, podría decir que no hice nada. Colgué los botines. Entré en un estado de letargo, de tristeza profunda, una especie de depresión silenciosa. Estaba completamente desconectado de mí mismo, de mi propósito, de mi energía. Obviamente, no estaba bien.
Fue mi esposa, Jani, quien con su infinita paciencia, su empatía, su comunicación asertiva y su amor incondicional, logró despertarme. Me dijo con firmeza y ternura: «Es hora de continuar.»
Ella me devolvió la luz cuando yo estaba sumido en la oscuridad. Como dice el libro de Mishlei (Proverbios) 31:26:
«Piha patcha bechochma, vetorat chesed al leshona» — «Abre su boca con sabiduría, y la enseñanza de la bondad está en su lengua.»
Ese pasuk la describe perfectamente. Con sabiduría y bondad, me recordó quién soy y cuál es mi misión.
La conversación con Clara me trajo a la memoria una historia poderosa, casi profética, protagonizada por Rav Avraham Itzjak HaCohen Kook — el primer Gran Rabino de Eretz Israel. Cuando se fundó la Academia de Arte Bezalel, los organizadores querían que un rabino importante participara en la ceremonia inaugural y colocara la mezuzá. Pero uno tras otro, los rabinos invitados se negaban. Consideraban que un centro de arte no era un espacio adecuado, que no cumplía con los estándares de recato ni de espiritualidad.
Pero cuando llegó la invitación a Rav Kook, su reacción fue totalmente distinta. Exclamó con entusiasmo: ¡Geulá! — Redención.
Muchos se sorprendieron. ¿Cómo podía hablar de redención en un lugar que parecía estar desconectado de lo sagrado? Pero Rav Kook tenía una visión mucho más elevada, integradora y profunda. En su discurso inaugural, explicó:
«Cuando el pueblo de Israel estaba en el galut, estaba enfermo. Había perdido su equilibrio, su plenitud. Pero la conexión entre el pueblo judío, la Torá y la tierra de Israel es total, esencial, intrínseca. No es algo externo. Como dice en su libro ‘Orot Eretz Israel’: ‘Eretz Israel no es algo accesorio, es parte de nuestra esencia.'»
Volver a nuestra tierra no es solo un acto geográfico. Es un proceso de sanación espiritual. Cuando uno está en armonía consigo mismo, cuando un pueblo retorna a su estado natural y saludable, entonces puede volver a crear, a construir, a dar luz. El arte, la música, la palabra, la belleza — todo eso florece cuando hay integridad y conexión. Y solo entonces el pueblo de Israel puede cumplir su rol: ser or lagoyim, una luz para las naciones.
Todos los días hablo con olim. Me cuentan sobre sus trabajos actuales, muchas veces sencillos, duros, poco acordes a su formación, a su potencial. Y yo los desafío. Los invito a cambiar el paradigma: no vinimos a Israel para ser una sombra de lo que pudimos ser. Vinimos para ser nuestra mejor versión.
Israel no es una estación final. Es un punto de partida. Es el escenario ideal para reinventarnos, para sanar, para desplegar nuestra esencia más auténtica.
El 7 de octubre nos confrontó con lo más oscuro de nuestro pasado: con pogroms, con la Shoá, con las masacres que sufrimos antes de tener nuestro Estado. Pero también nos recordó el milagro que es tener un hogar, un refugio, un país propio. Un lugar donde podemos, a pesar del dolor, reconstruirnos y volver a empezar.
Mi deseo más profundo es que podamos sanar no desde el olvido, sino desde el compromiso. Desde la conciencia. Desde el amor mutuo y la hermandad entre nosotros. Solo así volveremos a pintar, a cantar, a escribir, a crear. Solo así volveremos a brillar como pueblo.
Que nuestras heridas se transformen en cicatrices sagradas.
Que nuestros silencios se conviertan en canciones.
Que nuestro duelo nos impulse hacia la vida.
Y que nuestra creación, desde el corazón de Israel, ilumine al mundo entero.
MBA Federico Pipman

