Durante años, muchos de nosotros —especialmente quienes provenimos de familias de clase media o media-alta— hemos sido educados en entornos donde hablar de dinero era casi tabú. El dinero se usaba, pero no se nombraba. Se pagaban colegios, se iba de vacaciones, se cenaba afuera… pero nadie se sentaba a hablar de presupuestos, ingresos, honorarios o cómo ponerle valor al propio tiempo.
Esto nos llevó, consciente o inconscientemente, a formar una relación distorsionada con el dinero. Una relación que, en vez de estar marcada por la claridad y la responsabilidad, estaba atravesada por la culpa, la vergüenza o la evasión. Crecimos con la idea de que cobrar por nuestro trabajo podía hacer que otros pensaran que somos “interesados”, que sólo nos importa el dinero. ¡Y qué gran falacia es esa!
Cobrar no es un acto de codicia, es un acto de respeto
Cobrar por nuestros servicios no solo es legítimo, sino necesario. Nuestro tiempo, experiencia, formación y energía tienen valor. Pretender que ofrecerlos gratuitamente, sistemáticamente, es una virtud, es una trampa. Es renunciar a nuestra dignidad profesional. Nadie cuestionaría a un médico, un abogado o un arquitecto que cobra por su trabajo. Entonces, ¿por qué a veces sentimos culpa por hacerlo en otras áreas?
Yo mismo pasé por eso. Cuando vivía en Argentina y trabajaba en la comunidad, me costaba horrores cobrar. Llegué a aceptar pagos tardíos, después de dos o tres meses, o incluso a no cobrar. Me daba vergüenza reclamar lo que era legítimamente mío. Internamente, sentía que si pedía lo que me correspondía, podía ser mal visto o juzgado como una persona materialista.
Israel me enseñó a reconciliarme con el dinero
Todo cambió hace quince años, cuando emigré a Israel. Aquí, el cambio de entorno, las nuevas responsabilidades, el tener que sostener una casa, una esposa, hijos, me enfrentó con una verdad básica: no podía dar si antes no me ocupaba de recibir lo justo. Aprendí que ponerle valor a lo que hago no es arrogancia ni interés desmedido. Es, en realidad, un acto de madurez. Es saber que si uno no se honra a sí mismo, nadie lo hará por él.
La Torá también habla de dinero… y de justicia
Muchas veces creemos que espiritualidad y dinero son opuestos. Pero la Torá no lo plantea así. El dinero no es malo. Es una herramienta, y como toda herramienta, depende del uso que le demos. De hecho, la Torá es clara al respecto:
- “No oprimirás al jornalero pobre y necesitado… le darás su salario en su día, antes que se ponga el sol”
— Devarim / Deuteronomio 24:14-15
Esta mitzvá nos enseña que es un deber pagar a tiempo. Pero también nos da permiso, como trabajadores, para esperar y exigir que se nos pague en tiempo y forma. La dignidad del trabajador está protegida por la Torá. - “El obrero es digno de su salario”
— Vaikrá Rabá 9:7 (también citado en el Talmud, Bava Metzia 112a)
Este principio se traduce en que trabajar y recibir pago no es una concesión, es un derecho. Quien trabaja con honestidad debe ser remunerado con justicia. - “Honra al Eterno con tus bienes”
— Mishlei / Proverbios 3:9
Ganar dinero de forma justa y utilizarlo con propósito es una forma de espiritualidad. Administrar bien nuestras finanzas también puede ser una forma de santificar la vida.
Conclusión: Amigarse con el dinero es también amarse a uno mismo
No se trata de poner el dinero por encima de todo, sino de no ponerlo por debajo de todo. Dejar de verlo como algo sucio, incómodo o prohibido. Se trata de reconciliarnos con el hecho de que vivir con dignidad incluye cobrar con dignidad. Que uno puede ser generoso, dar, colaborar y también cobrar por lo que vale. Porque al final, si uno no se cuida, no puede cuidar a nadie más.
Hablar de dinero con naturalidad, enseñar a las próximas generaciones a valorarse y dar valor a los demás, también es parte de construir un mundo más justo. Y eso —según la Torá— también es santidad.
Dinero, kesef, guelt, masari… llamalo como quieras. Lo importante es no tener miedo de pedir lo que te corresponde. Porque pedir no es robar. Pedir es reconocer tu valor.
MBA Federico Pipman
Ceo y Fundador de Mamá Mía 360
Asesor de emprendedores

