
Ayer di una charla para un grupo de olim. Hablamos de oportunidades, de crecimiento, de identidad, de empezar de nuevo y, sobre todo, de la importancia de la Aliá. Hasta que llegó la pregunta que siempre aparece, la que viene cargada de nostalgia, amor y una herida abierta que todos traemos desde Latinoamérica:
“¿Qué es lo malo de la aliá? ¿De qué te arrepentiste? ¿Qué es lo que más extrañás?”
Y la respuesta salió sola, visceral, como un grito que viene del pecho y no pasa por el cerebro:
No darle abuelos a mis hijos.
Que mis padres se hayan quedado sin nietos.
Esa es, sin dudas, la herida más profunda de la Aliá: estar lejos de la familia.
No hay trámite, no hay idioma, no hay adaptación que duela más que eso.
No hay ministerio que lo solucione, ni ulpán que lo traduzca.
La casa de la bobe: la patria emocional de nuestras infancias
Yo tuve la fortuna enorme de conocer a tres de mis abuelos.
Mi abuela Berta vivía en San Martín. Su casa era más que una casa: era un país independiente.
Ahí se mezclaban generaciones, historias, canciones, discusiones políticas, chistes internos.
El patio era un territorio sagrado donde con mis primos jugábamos a la Patrulla Juvenil, mientras el olor de las comidas llenaba el aire y las voces de los grandes marcaban el ritmo del día.
Era una embajada de identidad.
Un refugio.
Un universo completo.
Mi otra bobe, Alicia —la eterna Cuca— fue un pilar de mi vida. Pasó por muchas casas hasta llegar a Villa Crespo, a la calle Aguirre al 300, la zona donde se mezclan el café, la cultura y la memoria.
Desde mis 13 años hasta los 24, dormí mínimo una vez por semana en su casa.
Era mi esquina emocional, mi punto de referencia.
Y cuando hice aliá, hablé con ella todos los días, sin excepción. Porque con algunas personas uno no corta el cordón: lo estira, lo cuida y lo transforma.
La vida que imaginé y la vida que tengo
Yo imaginé algo distinto.
Imaginé a mis padres cerca, compartiendo viernes, meriendas, cumpleaños, discusiones familiares y silencios cómodos.
Imaginé a mis hijos jugando en su casa, corriendo por el mismo pasillo donde yo corrí, escuchando las mismas historias, repitiendo las mismas tradiciones.
Pero la vida me llevó por otro camino.
Un camino hermoso, lleno de significado, pero también lleno de ausencias.
La Aliá es eso: una elección llena de luz que también proyecta sombras.
No es simple.
No lo es para nadie.
La familia que Dios me regaló en Israel
Pero Dios no te deja vacío.
Dios siempre pone un puente donde antes había un abismo.
En 2011, cuando llegamos a Israel, tuve la bendición de conocer a la familia Feldman.
A Hershel ז״ל y Susana (Malka).
Ellos se convirtieron en nuestra familia adoptiva, sin títulos, sin trámites, sin ADN, pero con algo más fuerte que todo eso: con presencia.
Con ellos pasamos todo:
Casamientos.
Nacimientos.
Alegrías.
Pérdidas.
Shabatot infinitos.
Susana le sostuvo la mano a Jani en sus dos partos.
Y eso no se olvida.
Esa es familia del alma.
El sacrificio invisible del olé
Hay un sacrificio del que casi nadie habla pero que todos sentimos en el pecho:
Renunciamos a ver a nuestros padres envejecer.
Renunciamos a acompañarlos en los detalles cotidianos, en los silencios, en los rituales familiares.
Ese es el costo emocional más alto de la Aliá.
Un precio silencioso, profundo, que no aparece en ningún documento, pero que marca para siempre.
La cadena de generaciones: somos el eslabón que se animó
La Aliá no rompe la historia familiar: la continúa.
Somos la generación que, con todas nuestras nostalgias y todas nuestras dudas, tomó la decisión valiente de construir futuro en la tierra de nuestros ancestros.
Nuestros abuelos soñaron con un hogar seguro.
Nuestros padres soñaron con darnos un futuro mejor.
Y nosotros estamos cumpliendo ese sueño para nuestros hijos.
La casa de la bobe fue el origen.
La casa que estamos levantando en Israel será el destino.
Una cadena que no se corta: se transforma, se fortalece y sigue.
El mayor desafío de la Aliá
No tener familia en Israel es lo más difícil de todo.
Más difícil que el hebreo.
Más difícil que el mercado laboral.
Más difícil que adaptarse al ritmo del país.
Pero hay algo que sí tenemos, algo inmenso:
Estamos creando nuestra propia familia acá.
Estamos fundando la casa que será la bobe de nuestros hijos y nuestros nietos.
Estamos construyendo hoy el lugar al que ellos volverán mañana.
La Aliá tiene un precio emocional alto.
Pero el retorno emocional también es eterno.
Porque nuestros hijos algún día van a abrir la puerta de nuestra casa y van a sentir lo mismo que nosotros sentíamos en la casa de la bobe:
olor a hogar,
a tradición,
a continuidad,
a historia que sigue.
Y ese, querido lector, es el milagro de la Aliá.
✍️ MBA Federico Pipman
Judío sionista y orgulloso ole.

