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י״ד בטבת ה׳תשפ״ו (03/01/2026)
בס"ד

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Después de algunos acontecimientos difíciles en una comunidad que quiero profundamente, tomé el compromiso de empezar a escribir sobre temas que no siempre se hablan. Temas incómodos, silencios largos, preguntas que suelen esquivarse.

En ese proceso, volvió a mí un cuento que he usado muchas veces a lo largo de los años y que mis hijos adoran. Un cuento simple en apariencia, casi infantil, pero que siempre tuvo la capacidad de decir verdades grandes sin levantar la voz.

Hoy siento que es el momento de volver a contarlo. No como una fábula más, sino como una invitación a mirarnos con honestidad y a preguntarnos qué estamos persiguiendo, qué estamos cargando… y por qué

La isla de las joyas

Había una vez un hombre que atravesaba profundos problemas financieros.
Las deudas lo asfixiaban, la incertidumbre no lo dejaba dormir y sentía que había llegado a un callejón sin salida. Ya no sabía qué más hacer.

Un día, sentado en un bar cualquiera, escuchó una conversación que cambiaría su destino. Alguien hablaba de una isla lejana, casi mítica, donde las joyas abundaban como piedras comunes. Decían que allí la riqueza era infinita.

La idea lo obsesionó. Volvió a su casa, habló con su familia, empeñó sus pertenencias, pidió préstamos, vendió lo poco que tenía y compró un barco. Con el corazón cargado de esperanza, se lanzó a la aventura.

Tras un largo viaje, finalmente llegó a la isla.
Lo que vio superó cualquier relato:
la arena era oro en polvo,
de los árboles colgaban rubíes, esmeraldas y diamantes,
había tesoros por doquier, piedras preciosas, metales brillantes.

El hombre no podía creerlo. Con desesperación y entusiasmo empezó a llenar sus bolsillos, sus bolsas, su barco entero. Día y noche recolectaba joyas sin descanso.

Los isleños lo observaban a la distancia. Se miraban entre ellos con una sonrisa burlona. No entendían qué estaba haciendo aquel extranjero.

Al tercer día, intrigado, el hombre se acercó a los aldeanos y les preguntó por qué se reían. Ellos le respondieron con naturalidad:

—Eso que recoges no tiene ningún valor para nosotros. Aquí es tan común como la arena. El verdadero negocio de esta isla es la grasa de pollo.

Le explicaron que la grasa de pollo era el recurso más valioso del lugar:
servía como aceite para cocinar,
como combustible,
como alimento,
como conservante,
como medicina,
como base para intercambios y comercio.

Era el corazón de la economía de la isla.

El hombre quedó pensativo. Reflexionó durante días. Finalmente, tomó una decisión: devolvió todas las joyas y tesoros que había recolectado y cambió completamente su plan. Se convirtió en un empresario de la grasa de pollo.

Con el tiempo, trabajó duro, acumuló grandes cantidades y construyó una flota de barcos. Cuando consideró que ya había reunido suficiente riqueza, mandó un mensaje a su familia:

—Espérenme en el puerto. Volveré con riquezas inimaginables.

Llegó el día. A la hora acordada, todos estaban reunidos en el puerto. A lo lejos comenzaron a verse las siluetas de más de veinte barcos cargados hasta el tope.

Pero las reacciones no tardaron en llegar.
La gente empezó a descomponerse.
Algunos se desmayaban.
Otros vomitaban.

La grasa de pollo se había podrido.

El verdadero mensaje

Esta historia es nuestra vida.

Vinimos al mundo con una misión: buscar joyas verdaderas.
Pero nos confundimos.
Y terminamos corriendo detrás de grasa de pollo.

Tajles

Las joyas verdaderas no se pudren.
No pierden valor con el tiempo.
No dependen de modas, mercados ni aplausos.

Las joyas son invisibles para los distraídos
y evidentes para quienes recuerdan por qué vinieron.

La grasa de pollo puede parecer urgente, rentable y necesaria.
Todos la comercian.
Todos la aplauden.
Todos la justifican.

Pero hay un detalle que nadie anuncia:
el viaje de regreso es uno solo.

Nadie te obligó a cargar grasa de pollo.
Nadie te engañó.
La isla siempre estuvo llena de joyas.

El verdadero error no fue trabajar, ni producir, ni comerciar.
Fue olvidar para qué habías zarpado.

Porque al final, cuando los barcos llegan al puerto,
no importa cuánto trajiste,
sino qué trajiste.

Y ese olor…
ese olor que lo arruina todo…
no viene de la carga,
viene de haber traicionado la misión.

Para pensar

“Todo el mundo corre por grasa de pollo… hasta que el olor revela la verdad.”

✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

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