
Todas las civilizaciones terminan igual: alrededor de una mesa.
No importa el idioma, el calendario ni la bandera. Siempre hay copas levantadas como pequeñas antorchas frágiles frente a la oscuridad. Siempre hay risas que tapan el cansancio. Siempre hay alguien que falta y alguien que todavía no llegó.
El otro día vi a mis amigos así: celebrando el final del año fiscal 2025 como si se tratara del cierre de una campaña militar. Había abrazos torpes, brindis desordenados, promesas vagas, cuentas saldadas a medias. Una victoria administrativa, sí, pero también otra cosa: un triunfo íntimo contra el desgaste.
Y entonces apareció ella.
No en primer plano. No protagonista. Apenas respirando desde un parlante cansado:
“Brindo hasta la cirrosis por la vacuna del SIDA…”
La voz de Andrés Calamaro.
No la eligió nadie. Como todo lo importante, llegó sola.
La canción que sabía demasiado
Salud, dinero y amor no es una canción.
Es un inventario sentimental.
Un acta notarial del alma humana.
La canté decenas de veces en mi adolescencia, cuando todavía creía que la tristeza era una tormenta pasajera y no un clima estable. La canté sin entenderla, como se cantan los himnos: con el pecho inflado y la cabeza vacía.
Pero esa noche, frente a la pantalla, con mis amigos envejeciendo en alta definición, la escuché por primera vez.
La escuché como se escucha a un sobreviviente.
Calamaro no brinda por ganar.
Brinda por seguir.
Por lo que se rompe.
Por lo que se olvida.
Por lo que duele.
Por lo que se tuvo.
Por lo que no vuelve.
En un mundo que solo aplaude a los invictos, la canción se atreve a decir:
“Brindo por la victoria, por el empate y por el fracaso.”
Eso no es melancolía.
Eso es una filosofía de guerra.
El brindis como acto heroico
Brindar no es festejar.
Brindar es aceptar que todo es transitorio y aun así levantar el vaso.
Es un gesto mínimo, casi ridículo, de un animal consciente de su derrota final que decide honrar el trayecto.
Un pequeño desafío al tiempo:
No me venciste del todo.
1994: cuando los heroes todavía caminaban
Y entonces apareció otro recuerdo.
Maradona.
Calamaro.
Fito Páez.
Estados Unidos 94.
Una postal de un país que todavía se creía inmortal.
El Diego antes del último derrumbe.
El rock argentino en su edad dorada.
Nosotros antes de aprender que el cuerpo se quiebra, que el amor se muda, que los ídolos sangran y que la historia no tiene finales felices, solo interrupciones.
En aquel tiempo confundíamos esperanza con certeza.
Después aprendimos.
Aprendimos que la derrota no es una anomalía.
Es el paisaje.
La frase que parte en dos
Hay un verso que hoy pesa como una verdad sin anestesia:
“Brindo por lo que tuve porque ya no tengo nada.”
No habla de pobreza.
Habla de la biología del tiempo.
Habla de cómo la vida no se mide por lo que se acumula, sino por lo que se pierde sin volverse piedra.
Desde un rincón del mundo
Cuando la canción dice:
“Desde un rincón del mundo, brindo contigo”
ya no habla de un bar.
Habla del exilio emocional de crecer.
De vivir lejos de alguien.
De algo.
De una versión anterior de uno mismo.
Habla de esa distancia invisible que separa al que fuimos del que somos.
La verdadera celebración
El video terminó.
Las copas bajaron.
La música se apagó.
Alguien dijo que había que ordenar.
Como si el desorden no fuera el estado natural de las cosas.
Entendí entonces que el verdadero cierre de año no figura en ningún balance.
Sucede en silencio.
Cuando uno se sienta un segundo a contar:
- los que faltan
- lo que dolió
- lo que quedó
- lo que todavía respira
Y descubre que, contra toda lógica, sigue siendo suficiente para brindar.
Lejaim: brindar por la vida
Hay un detalle antiguo, casi bíblico, que siempre vuelve.
Entre los judíos, al levantar una copa no se dice simplemente “salud”.
Se dice Lejaim.
Por la vida.
No por el dinero.
No por la suerte.
No por la victoria.
Por la vida.
Incluso cuando duele.
Incluso cuando se rompe.
Incluso cuando se va achicando.
Quizás por eso esta canción, sin saberlo, es profundamente judía en su espíritu.
No celebra la perfección.
Celebra la persistencia.
Celebra estar todavía acá.
Por la vida
Ya no canto Salud, dinero y amor como cuando tenía quince años.
Ahora la escucho como se escucha a un viejo camarada de trincheras.
Uno que no promete salvación.
Solo compañía.
Y cuando vuelva a sonar —en otra casa, en otro país, en otro momento, con otras arrugas— haré lo mismo:
Levantaré la copa.
No por lo perfecto.
Sino por lo real.
Por lo que fue.
Por lo que duele.
Por lo que queda.
Lejaim -Salud.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional
Link de la canción: https://youtu.be/1wYSbh3CU6Y

