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Cabeza en el cielo, pies en la tierra
Por Federico Pipman

Si hay una imagen que me representa como emprendedor, es esta: la cabeza en el cielo y los pies en la tierra. Soñar en grande, pero no olvidar nunca de dónde vengo, quién soy y a quién tengo al lado.

Este concepto no es algo que inventé yo. Nace de uno de los sueños más potentes que tenemos en nuestra tradición: el sueño de Yaakov, donde veía una escalera apoyada en la tierra con ángeles que subían y bajaban, y cuya cima llegaba al cielo. No es casualidad. Lo importante no es solo volar, sino tener bases firmes. Soñar, sí, pero con los pies bien puestos sobre el suelo. Por eso es tan importante asesorarse, buscar un consejo, hacer un buen análisis de mercado, entender a quién le hablamos y qué problema resolvemos.

Como dijo Simon Sinek, “las personas no compran lo que haces, compran por qué lo haces”. Esto me recuerda que el sueño, la pasión y el propósito deben estar acompañados de un sentido claro y valores firmes.

En mi día a día, entre campañas de marketing con Mama Mía 360 y asesorías con el Misrad Haklita, hablo con cinco o seis emprendedores por jornada. Ya son cientos. Todos con ideas, ilusiones, miedo, energía. Algunos llegan con un sueño y nada más. Otros, con planes sólidos pero poca claridad. Ahí entro yo: a veces desde lo técnico, otras desde lo humano. Siempre desde el compromiso.

Pero si tengo que ser honesto, el verdadero cable a tierra está en casa.

Mi esposa, Jani, es quien me recuerda lo esencial. Tiene ese talento hermoso de bajarme cuando vuelo demasiado alto. Me ubica con amor, me ordena con una mirada, me reencuentra conmigo mismo cuando me pierdo entre proyectos.

Mi tate, Daniel, es mi brújula moral. Es el tipo de persona que no necesita levantar la voz para enseñarte algo. Con su ejemplo alcanza. Su ética, su forma de ver el mundo, su coherencia silenciosa, es lo que me guía cuando dudo. Cuando tengo una decisión difícil por delante, pienso: ¿qué pensaría el Tate? Y todo se aclara. Me enseñó que no todo vale, que no todo es negocio, que hay líneas que no se cruzan.

Y hay una figura más que me ayuda a mantener ese equilibrio: mi rabino, Richard Kaufmann. Es alguien que me permite soñar, pero que a la vez filtra esas ideas con un tamiz de sentido común, Torah y análisis. A veces siento que analiza mis proyectos como si fueran una Guemará: de un lado, del otro, con preguntas, con contradicciones, hasta que aparece una luz clara. Esa mezcla de espiritualidad, racionalidad y amor por la verdad es algo que valoro profundamente.

Este equilibrio entre volar y sostener es lo que trato de transmitir a cada emprendedor que asesoro. Porque sí, hay que tener la cabeza en el cielo. Si no soñás, si no te imaginás algo mejor, más grande, más libre, ¿para qué emprender? Pero sin los pies en la tierra —sin valores, sin estrategia, sin estructura, sin alguien que te mire a los ojos y te diga “esto no va” o “probá por acá”— te perdés.

Históricamente, grandes inventores como Thomas Edison nos enseñan la importancia de la perseverancia, la paciencia y la experimentación constante antes de alcanzar el éxito. Por otro lado, las burbujas financieras del pasado nos recuerdan que volar sin una base firme puede llevar a caídas abruptas.

Yo no vendo humo. Vendo realismo con visión. Soy un socio temporario de ideas que necesitan forma, foco y fuego. Y sí, me emociona. Porque sé lo que cuesta. Porque estuve ahí. Porque sigo ahí.

Así que si estás emprendiendo, te dejo estas preguntas para que reflexiones:
¿Cuál es tu base firme hoy? ¿Quién es tu ‘Tate’? ¿Tenés un ‘rabino’ en tu vida que te ayuda a mirar desde otro ángulo? ¿Cómo integrás el sueño con la realidad en tu emprendimiento?

Soñá alto, sí. Apuntá al cielo. Pero apoyate en una base firme. Como Yaakov: con los pies bien en la tierra y la mirada en lo alto.

Si querés compartir tu experiencia o necesitas acompañamiento, estoy acá para ayudarte.

MBA Federico Pipman
CEO & Founder de Mama Mía 360 | Asesor de emprendedores
? (https://www.mamamia360.com)

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