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ז׳ בשבט ה׳תשפ״ו (25/01/2026)
בס"ד

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El cielo, el infierno…

Hay cuentos que uno escucha de chico y que se le quedan pegados al alma.
Historias que, como un buen nigún, vuelven y vuelven en los momentos clave de la vida, como si fueran un eco del pasado que te recuerda quién sos y de dónde venís.

Este es uno de esos cuentos.
Lo contaba mucho mi papá, el Tate, con esa voz cálida que sabía darle la entonación justa, como quien acaricia una enseñanza antes de ponerla en tus manos.
Años después, también se lo escuché al gran Rabino Richard Kaufmann, en una de esas clases donde uno siente que no solo está aprendiendo, sino que lo están mirando directamente al corazón, como si la historia estuviera escrita solo para vos.

El cuento dice así:

Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida, llena de manjares exquisitos. Sin embargo, todos estaban demacrados, con hambre, porque solo podían comer con palillos tan largos como remos, y por más que intentaban, no podían llevar la comida a su propia boca.
Salió de allí y subió al cielo. Para su asombro, vio la misma mesa, con los mismos manjares y los mismos palillos largos. Pero todos estaban felices, sanos, rebosantes de vida… porque allí, cada uno usaba sus palillos para alimentar al que tenía enfrente.

Cuando mi papá me lo contaba, no hablaba solo de cielo e infierno.
Hablaba de nosotros, del pueblo judío, de esa cadena milenaria que sobrevive porque entendió que si uno solo piensa en sí mismo, se muere de hambre espiritual, pero si se ocupa del otro, ambos viven.

En el judaísmo, el Jesed (bondad) no es un adorno, es un pilar. La arevut (responsabilidad mutua) no es una sugerencia, es un pacto. “Kol Israel arevim ze laze” — todo Israel es responsable uno del otro.
Nuestros sabios lo repiten de mil maneras: no hay plenitud posible en soledad.
El cielo y el infierno no están en otra vida: los construimos acá, todos los días, con la forma en que tratamos al prójimo.

Y quizás por eso este cuento sigue vivo en mí. Porque más allá de mesas y palillos, me recuerda que la verdadera abundancia está en dar antes que recibir, en mirar al otro a los ojos y decirle sin palabras: “Tu bienestar es también el mío”.

A veces me pregunto qué mundo tendríamos si cada uno de nosotros, aunque sea una vez por día, se sentara a “alimentar al de enfrente”.
Si en lugar de competir por la comida, la sirviéramos.
Si en lugar de medir lo que damos, midiéramos lo que el otro necesita.
Ese mundo —lo sé— sería un cielo en la tierra.

Hoy, cada vez que lo recuerdo, siento que escucho la voz de mi papá y la del Rabino Kaufmann juntas, como si desde diferentes lugares me recordaran la misma lección:
El cielo no es un lugar. El cielo es un acto.
Y depende de nosotros decidir, aquí y ahora, dónde queremos vivir.

Quizás no podamos cambiar todo el mundo de una vez.
Pero sí podemos cambiar el mundo de alguien…
y ese, en ese instante, ya será un mundo perfecto.

Federico Pipman asesor de negocios y coach motivacional

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