
El fruto no cae lejos del árbol
Homenaje en vida a mi papá, Daniel Julio Pipman (Duved Yankel)– mi Tate
Después de una lluvia de bendiciones, deseos de cumpleaños y palabras que me dejaron sin aliento, quiero decir algo que para mí es una verdad absoluta:
No nací de un repollo.
Todo lo que soy —lo bueno, lo valioso, lo que vale la pena— es gracias a tres fuentes:
Mi esposa.
Mi rabino, Richard Kaufmann.
Y sobre todo, mi papá. Mi Tate. Daniel Julio Pipman.
Hijo de inmigrantes, padre de un legado
Mi papá nació en Buenos Aires, pero sus raíces vienen de Resistencia, Chaco, donde nacieron mis abuelos, hijos de inmigrantes que escaparon del hambre y de la persecución con lo puesto y una esperanza en el alma.
Ellos apenas terminaron la primaria, pero supieron fundar un hogar donde se respiraba identidad, educación, valores y hospitalidad.
En una casa de Floresta, en la calle Belaustegui, la puerta siempre estaba abierta. Los parientes del interior llegaban y se quedaban.
El comedor era refugio, la mesa era altar.
Y mi papá, el mayor, creció viendo cómo el que tiene poco puede dar mucho.
Con sus padres, ayudaron a fundar el Bet Am del BAMI de Jonte. Un colegio que fue faro de excelencia educativa y humana.
Una institución que reflejaba lo mejor de la comunidad judía argentina… hasta que la ambición de algunos, años después, quiso apagar esa luz.
Pero el legado de esos días vive en mi papá.
De geografía e historia… y de ética cotidiana
Mi papá estudió, se graduó del Normal como docente de geografía e historia, y también como óptico contactólogo.
Pero más allá de los títulos, lo que más enseñó fue su ejemplo:
La ética del trabajo.
La nobleza del silencio.
La dignidad de quien se hace solo, sin pedir, sin pisar.
Fue dueño de ópticas con ortopedia y audífonos.
Desde Ramos a Castelar, de Ciudadela a Haedo, se convirtió en referente absoluto del rubro óptico.
Todo eso, sin contactos, sin fortuna, sin atajos.
Solo con estudio, perseverancia y una fe inquebrantable en el valor del esfuerzo.
Un mench. Siempre un mench.
Una de sus frases es ley para mí:
“Uno es dueño de sus silencios, esclavo de sus palabras.”
Mi papá no hablaba de valores. Los vivía.
De chico me llevaba a Burzaco a alegrar a los ancianos.
Donaba anteojos a instituciones, amigos y desconocidos.
Ayudaba a tías mayores, vecinos, familiares y extraños sin pedir nada a cambio.
Nunca necesitó reconocimiento, ni aplausos, ni fotos.
Solo ayudaba, porque había que ayudar.
Es el tipo de persona que, cuando uno lo ve, entiende sin que diga:
“Así se camina por la vida.”
El canto como idioma del alma
Y además… cantaba.
Siempre cantó.
En coros, en reuniones, en la calle.
Cuando venía de visita a Israel, cantaba en la vereda, en idish, con cualquiera.
Cantar no era para él un acto artístico: era un acto espiritual, comunitario, humano.
Gracias a él, el canto habita en mí.
Gracias a él, entendí que el que canta, no puede odiar. El que canta, construye.
Momentos sagrados: tres generaciones
Hay momentos que no tienen precio.
Momentos que me marcaron para siempre, no por lo que hice, sino porque él estuvo a mi lado.
- Mi Bar Mitzvá
- Mi casamiento
- El nacimiento de mi hijo primogénito
- El Brit Milá de Shay, donde mi papá fue el justo y merecido zandak*, con la emoción que solo los sabios sienten.
Y sobre todo:
Ese instante eterno en el Kotel.
Él, yo y mi hijo.
Tres generaciones frente al Muro de los Lamentos.
Pasado, presente y futuro tocando la misma piedra, elevando la misma plegaria.
No hay cámara que capture eso.
Eso solo se puede guardar en el alma.
El mejor anfitrión con lo poco que había
En su casa siempre había un plato más, una cama más, un lugar más.
La hospitalidad no era un gesto, era parte del ADN.
El mejor anfitrión que conocí fue él.
Con lo poco, lo hacía todo.
Su presencia transformaba cada espacio en hogar.
No hay elegancia más grande que saber hacer sentir bien al otro.
Un símbolo de toda una generación
Mi papá no es solo mi héroe personal.
Es parte de una generación de padres judíos que, sin redes sociales ni títulos rimbombantes, levantaron comunidades enteras desde el silencio, el esfuerzo y el amor.
No hablaban de resiliencia: la vivían.
No se sacaban selfies: se sacrificaban.
No escribían posteos: escribían futuro.
Judío, sionista, laico… pero comprometido hasta el almaOtra cosa que nunca voy a dejar de agradecerle:
Siempre se ocupó de mi educación judía.
No desde el dogma, sino desde el compromiso.
Me mandó a los mejores colegios, me dio libros, me enseñó a sentirme parte del pueblo judío, con orgullo, con historia, con responsabilidad.Era laico, pero con un fuego sionista y una sensibilidad judía que me marcó para siempre.
Gracias a él supe desde chico quién era, de dónde venía y hacia dónde debía caminar.
El regalo más grande que me dio
Mi papá me dio muchas cosas.
Pero el regalo más grande que me dejó fue esta enseñanza:
“Federico, vos podés ser lo que quieras. Pero nunca dejes de ser un mench.”
Ese es mi norte.
No puedo vivir sin él
Nos hablamos todos los días.
Lo necesito. Me guía. Me calma. Me enseña.
Después de mi esposa y mis hijos, es la persona que más amo y más admiro en el mundo.
(Obviamente también mi mamá, que es el alma de todo. Pero hoy le escribo a él.)
Mis hijos lo conocen, pero deseo que lo conozcan más.
Deseo que vuelvan a verlo cantar en la calle.
Y deseo, desde lo más profundo, que pronto podamos volver los tres —él, yo y Shay— al Kotel.
Con él cantando.
Con Shay preguntando en idish qué significa lo que estamos cantando.
El beso de las buenas noches… incluso cuando ya era un grandote peludo
Hay cosas que no se olvidan.
Hay gestos que marcan tanto, que aunque uno tenga hijos, barba y una vida propia, siguen latiendo adentro.
Mi papá, todas las noches desde que nací, venía a mi cuarto, se acercaba a la cama, me daba el beso de las buenas noches y me cantaba, en idish, el «Shluf mayn kin», la canción de cuna.
Y no lo dejó de hacer ni cuando ya tenía 23 años, barba espesa, pecho peludo y cara de boludo rebelde.
Ahí estaba él, como si el tiempo no pasara, con el beso, la canción y ese amor incondicional que no se pregunta si el otro lo merece: simplemente se da.
Con él aprendí a atarme los cordones, leer la hora, abotonarme una camisa sin que quede torcida y hasta afeitarme por primera vez, cuando tenía 13, para no cortarme la cara.
Siempre estuvo.
Incluso cuando no estuvo de acuerdo con nada de lo que decidí:
Cuando me hice religioso.
Cuando hice aliá.
Cuando tomé decisiones que no eran las suyas.
Nunca dejó de estar.
Estaba ahí, con una historia, un cuento, una anécdota, una frase en idish…
y, por supuesto, un buen insulto en idish también, porque si no, no sería él.
Y cuando se ponía en modo Kosher Nostra, con ese humor judío que mezcla sabiduría, ironía y ternura, el mundo volvía a tener sentido.
Gracias, Tate. Gracias, papá.
Gracias por tu vida.
Por tu voz.
Por tus silencios.
Por tus decisiones.
Por tu ejemplo.
Si alguna vez alguien me dice que inspiro, que soy buen padre, buen judío, buen profesional…
es porque, sin saberlo, está admirando al hombre que me crió.
El fruto cayó cerca. Y ojalá florezca con la fuerza, la nobleza y la ternura de tu raíz.
Velvel Pipman un hijo agradecido con su padre

