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ז׳ בשבט ה׳תשפ״ו (25/01/2026)
בס"ד

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El Oso – Cuento jasídico

Este es un cuento jasídico que tuve el mérito de leer en Shabat con mi hija.
Habla de un sastre judío, un zar y su oso.

Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que se enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.

Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.

Cuando cayó el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara y mirando al guardiacárcel dijo:
– ¡Pobre del zar!

El guardiacárcel no pudo evitar reírse:
– ¿Pobre del zar? ¡Pobre de ti! Tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana.

– Sí, lo sé –respondió el sastre– pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre: el zar perderá la posibilidad de que su oso, la cosa que más quiere en el mundo, su propio oso… aprenda a hablar.

– ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos? –preguntó el guardiacárcel sorprendido.

– Un viejo secreto familiar… –dijo el sastre.

Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:
¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!

El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:
– ¡¡Enséñale a mi oso a hablar!!

– Nuestro gustaría complaceros, pero la verdad es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo… y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo…

El zar hizo un silencio y preguntó:
– ¿Cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?

– Bueno, depende de la inteligencia del oso… –dijo el sastre.

– ¡¡El oso es muy inteligente!! –interrumpió el zar–. De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.

– Bueno… si el oso es inteligente… y siente deseos de aprender… yo creo… que el aprendizaje duraría… duraría… no menos de… ¡¡DOS AÑOS!!

El zar pensó un momento y luego ordenó:
– Bien, tu pena será suspendida por dos años. Mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!

– Alteza –dijo el sastre– si tú mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estaré muerto, y mi familia se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso… debo mantener a mi familia.

– Eso no es problema –dijo el zar–. A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen les será negado… Pero, eso sí, si dentro de dos años el oso no habla… te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta… Rogarás haber sido muerto por el verdugo… ¿Entiendes, verdad?

– Sí, alteza.

– Bien. ¡¡Guardias!! –gritó el zar– Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya… ¡¡Fuera!!

El sastre, en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.

– No olvides –le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente– si en dos años el oso no habla…

– Alteza… –

Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.

La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido, que pocas horas antes había sido llevado al cadalso, volvía ahora exitoso, acaudalado y exultante.

Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.

– ¡Estás LOCO! –chilló la mujer–. ¿Enseñar a hablar al oso del zar? Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca… ¡Estás loco! ¡Enseñar a hablar al oso…!

– Calma mujer, calma –respondió el sastre–. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora… ahora tengo dos años… En dos años pueden pasar tantas cosas…

En dos años –siguió el sastre– se puede morir el zar… me puedo morir yo… y lo más importante… por ahí el ¡¡oso habla!!

El cuento del sastre judío, el zar y el oso nos revela mucho más que una anécdota ingeniosa: es un espejo de la vida. El sastre, frente a la muerte segura, no se paraliza ni se resigna. Encuentra en su ingenio la manera de ganar tiempo, abrir un resquicio de esperanza donde antes solo había oscuridad.

En el mundo jasídico, esta historia no habla de engaño, sino de sabiduría para no rendirse, de la capacidad judía de sobrevivir en circunstancias adversas usando la mente, la fe y la creatividad. El sastre transforma una tragedia en oportunidad, y lo hace entendiendo algo profundo: el tiempo es un aliado.

Para los emprendedores, las enseñanzas son claras. Cuando todo parece perdido, la salida puede estar en una idea inesperada. No siempre se trata de tener la solución perfecta, sino de cambiar el ángulo y abrir una posibilidad. En los negocios, como en la vida, a veces lo más valioso es extender el horizonte. Un mes más, un año más, dos años más… todo puede cambiar. El que sobrevive, reinventa.

Nada es definitivo. El zar puede morir, el mercado puede transformarse, la tecnología puede avanzar, incluso el oso puede sorprendernos. Lo único permanente es el cambio. El verdadero emprendedor no es el que nunca cae, sino el que sabe resistir, esperar y aprovechar la próxima oportunidad.

El sastre judío nos recuerda algo esencial: la esperanza y la inteligencia son más fuertes que cualquier decreto de muerte. Para el emprendedor, la moraleja es clara: aunque hoy parezca que estás frente a un zar cruel y un oso imposible, no te rindas. Con creatividad, resiliencia y paciencia, el tiempo puede volverse tu mejor socio. Porque al final, si perseverás lo suficiente, hasta el oso puede hablar.

MBA Federico Pipman asesor de negocios y coach motivacional

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