
Hoy puede ser un gran día
Cuando iba al shule, todas las mañanas subía a un remís. No era un viaje largo, pero tampoco era un simple traslado. El chofer —fanático irredento de Serrat— tenía un ritual innegociable: apenas arrancaba el motor, sonaba “Hoy puede ser un gran día”.
No importaba si llovía, si era invierno, si uno iba medio dormido o cargando el peso de un examen, una preocupación o la vida misma. Esa canción no se discutía. Se escuchaba.
Y con el tiempo entendí que no era música de fondo. Era un himno.
Como el Aurora o el Salve Argentina al izar la bandera, esa canción marcaba el comienzo de algo. No del día solamente, sino de una disposición interior. Era una forma de pararse frente a la jornada, frente al mundo, frente a lo que tocara.
Serrat no prometía felicidad. Prometía posibilidad.
No decía “hoy será un gran día”. Decía “hoy puede serlo”.
Y esa diferencia es todo.
En ese remís, sin saberlo, recibíamos una clase de filosofía práctica antes de llegar a la escuela. Una pedagogía sin pizarrón. Una educación emocional que no figuraba en ningún programa oficial.
Porque la canción no hablaba de suerte, hablaba de responsabilidad.
No hablaba de magia, hablaba de actitud.
No hablaba de éxito, hablaba de presencia.
“Plantéatelo así”, decía Serrat.
No esperes que el día te trate bien: salí a tratarlo vos.
Con los años, esa letra dejó de ser recuerdo y empezó a ser brújula. Cada vez que la rutina aprieta, cada vez que la mediocridad intenta instalarse como normalidad, cada vez que uno se sorprende mirando la vida desde la ventana, la canción vuelve. No como nostalgia, sino como advertencia.
Porque hay algo profundamente judío —aunque Serrat no lo haya escrito pensando en eso— en esa idea:
👉 cada día es único, irrepetible, no se devuelve.
👉 No hay ensayo general.
👉 No se posterga la vida para mañana.
“Saca de paseo a tus instintos”, dice.
Como diciendo: no vivas amputado. No vivas pidiendo permiso. No vivas en modo ahorro emocional.
Y después remata con una verdad adulta, sin azúcar:
“Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien”.
No es épica de cartón. Es épica real.
La de levantarse, intentar, fallar a veces, insistir sin dramatismo.
La de entender que la grandeza no está en que todo salga bien, sino en sentarse al festín aunque no haya garantías.
Por eso esa canción dejó de ser una canción.
Se convirtió en un código.
En una forma de empezar el día.
En una voz que, como aquel chofer del remís, te dice: arrancamos igual.
Y entonces uno entiende el final, que ya no es cierre sino legado:
“Hoy puede ser un gran día…
y mañana también.”
No como promesa.
Como desafío.
Y ahí sí, bandera arriba.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

