Introducción personal
En el 3er año del secundario, en el Nacional 17, nuestra profesora de Lengua y Literatura nos dio para leer Don Quijote de la Mancha. Libro que analice con mi mamá en varias oportunidades
El nacimiento de un caballero
En un rincón polvoriento de La Mancha vivía Alonso Quijano, un hidalgo pobre que devoraba libros de caballería como si fueran pan caliente. Leyó tanto que la realidad empezó a doblarse ante sus ojos: el mundo ya no era un lugar común, sino un vasto campo de aventuras, y él, llamado por un destino mayor, decidió convertirse en caballero andante.
El pacto con Sancho Panza
Se bautizó a sí mismo Don Quijote de la Mancha, armó su caballo viejo —al que llamó Rocinante— y se juró dedicar su vida a desfacer agravios, proteger a los débiles y luchar por la gloria de su dama imaginaria: Dulcinea del Toboso. Pero todo caballero necesita un escudero, y así convenció a Sancho Panza, un labrador bonachón, práctico y amante del buen comer. Sancho subió a su burro y juntos partieron al camino.
Las batallas de la imaginación
Desde el primer paso, el mundo les puso a prueba: molinos de viento que Don Quijote veía como gigantes, rebaños de ovejas que él juraba eran ejércitos enemigos, y ventas miserables que para él eran castillos encantados. Cada vez que caía, se levantaba, sacudía el polvo y repetía su credo: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.
La grandeza de su locura
Y aunque todos lo llamaban loco, había una grandeza en su locura: veía el mundo no como era, sino como debía ser. Sancho, con su sentido común, trataba de traerlo a tierra, pero también, poco a poco, se dejaba contagiar por la magia de esa mirada.
El regreso y la despedida
El viaje terminó, como todas las historias, con un regreso. Don Quijote, derrotado y enfermo, recuperó la cordura… pero al hacerlo, perdió la llama que lo mantenía vivo. Murió como Alonso Quijano, pero el eco de su caballería siguió cabalgando en la imaginación de todos los que alguna vez soñaron con cambiar el mundo.
El mensaje eterno
Don Quijote nos recuerda que vivir con ideales —aunque el mundo te llame loco— es mejor que resignarse a una vida sin sueños, que la verdadera derrota no es caer, sino dejar de creer, y que, en algún punto, todos necesitamos un poco de locura para hacer cosas grandes.
La locura más cuerda del mundo
«¿Decís que estoy loco? Bien. Entonces déjame ser el más loco de todos.»
Vivimos en tiempos donde todo se mide: resultados, métricas, seguidores, alcance, likes, facturación, éxito.
Y sin embargo, hay algo que no entra en ninguna planilla: el fuego.
Ese fuego que tenían los locos de antes. Los Quijotes.
Don Quijote, un viejo flaco que salió a luchar con una armadura oxidada, sobre un caballo hambriento, y un escudero que no entendía nada. Un hombre que veía gigantes donde otros veían molinos. Que veía princesas donde todos veían meseras.
Un loco. Pero un loco de los que valen oro.
Porque su locura no era perder el juicio:
Era recuperar el alma.
En un mundo normal, el loco es el héroe
La gente cuerda se reía de él.
Porque claro, ¿quién se atreve a soñar hoy? ¿Quién se anima a defender ideales, amor, dignidad, justicia, coraje?
Ser cuerdo es adaptarse.
Ser loco es romper.
Y Don Quijote no quería encajar. Quería elevar.
No quería seguir el mundo. Quería cambiarlo.
Y tal vez no lo logró. Tal vez perdió cada batalla…
Pero murió invicto en lo más importante: nunca se traicionó a sí mismo.
Ser Quijote hoy
Hoy ser Quijote es:
- Seguir defendiendo tus principios, aunque el mundo diga que no sirven.
- Creer en la belleza, el amor y la bondad, cuando todos te dicen que seas más “realista”.
- Levantarte cada mañana a construir algo, aún si nadie más lo ve.
- Salir al campo de batalla con tu arca, tu violín, tu emprendimiento, tu arte, tu fe, tu causa.
Aunque parezca una locura.
Porque lo es.
La cuerda cobardía
La cordura sin ideales es cobardía con título.
Un traje prolijo, pero vacío.
Lo verdaderamente revolucionario hoy no es ganar dinero, ni escalar en redes, ni “ser alguien”.
Lo más loco —y lo más cuerdo— es ser fiel a tu esencia en un mundo que te quiere igual al resto.
Morir cuerdos, vivir locos
Decía Unamuno: «Solo los locos abren caminos. Los cuerdos los transitan.»
Así que elegí tu locura.
Pero elegí una que valga la pena.
Una que haga que los demás se rían hoy…
y te admiren mañana.
Yo no quiero una vida perfecta. Quiero una vida que cuando me la cuenten, parezca una locura. Como la de ese viejo loco de la Mancha… que creyó en lo imposible. Y que, tal vez, por un segundo, lo hizo real.
Locura sagrada
El pueblo judío no sobrevivió por ser cuerdo.
Sobrevivió por estar loco.
Loco de fe, loco de esperanza, loco de memoria.
Gente que se puso tefilín en Auschwitz.
Que bailó Simjat Torá en Siberia.
Que prendió una vela con una gota de aceite… y la llamó milagro.
Que cruzó desiertos con la Torá al hombro.
Que soñó con volver a Sión mientras sembraba lágrimas en Babilonia.
Somos hijos de Najshón, que se metió al mar sin saber si se iba a abrir.
Nietos de Avraham, que rompió los ídolos y salió sin mapa.
Herederos de los que cantaban en yidish con hambre y con orgullo.
No estamos acá por ser normales.
Estamos acá por ser sagradamente locos.
Última advertencia
La próxima vez que alguien te diga «estás loco»,
sonreí.
Porque los cuerdos esperan permiso.
Los locos hacen historia.
No vinimos a complacer al algoritmo,
ni a coleccionar diplomas de obediencia.
Vinimos a incendiar el manual.
Así que andá,
salí con tu lanza oxidada, tu idea imposible, tu sueño ridículo.
Y si te caés mil veces,
que sea con honor.
Que se note que estuviste peleando con gigantes
mientras los demás…
se escondían en la cordura.
MBA Federico Pipman, asesor de negocios y coach motivacional

