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La Mesa de Mi Vida: Cuando los Ángeles No Son Lejanos

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La Mesa de Mi Vida: Cuando los Ángeles No Son Lejanos

Hay un ejercicio muy conocido en coaching que invita a imaginar una gran mesa. Una mesa amplia, luminosa, rodeada por las personas más influyentes para vos. Aquellos que te marcaron, que admirás, que te inspiran. La consigna es simple: ¿Con quién te sentarías a conversar sobre los temas más importantes de tu vida?

La mayoría elige figuras inalcanzables. Líderes mundiales. Gurús. Gente que nunca conocieron, que vieron de lejos, en libros o en pantallas.
Pero yo no pienso igual.

Mi mesa está llena de rostros reales, de abrazos vividos, de miradas que dejaron huella.

En el lugar de honor está mi papá, el Tate, Daniel, el pilar, el origen. Su sola presencia ya ordena mi alma. Es esa clase de figura que no hace falta explicar por qué está: simplemente tiene que estar. Porque es mi raíz, porque es mi hogar.

Junto a él bajaría del cielo a tres ángeles, personas que la vida me prestó por un tiempo limitado pero que dejaron marcas eternas.

Mi tío y padrino, Leo (Z”L). El que me enseñó a vivir con alegría, con pasión, sin miedo a ser uno mismo, a seguir el camino elegido hasta el final, sin mirar atrás. En su presencia, la vida era una celebración. Él me enseñó lo que es el amor.

Marcelo Blaj (Z”L), mi mentor, mi amigo. Con él aprendí que el verdadero éxito empieza en casa: en amar al prójimo, cuidar a la familia, y ser fiel a lo que uno cree, incluso cuando nadie mira.

Y también traería a mi Zeide Velvel, a quien no conocí, pero de quien heredé el nombre. A veces uno siente el eco del alma de sus ancestros en la suya propia. Hay legados que no necesitan anécdotas para ser reales. Él estaría ahí, cerrando un círculo invisible pero poderoso.

Desde Argentina haría venir en avión a Hernán Wahnish, mi primer jefe (de verdad). No fue el primero cronológicamente, pero sí el primero en ganarse ese título con dignidad. Hernán creyó en mí cuando yo recién aprendía a creer en mí mismo. Me dio confianza, me empujó a crecer, me mostró lo que es liderar con humanidad. Fue el arquitecto de mis cimientos profesionales.

A su lado se sentaría el Rabino Yosi Michanie, una figura luminosa y generosa. Anfitrión como Abraham Avinu, manantial de conocimiento, idealista inquebrantable, ejemplo de humildad y poseedor de midot tovot que enseñan sin palabras. Tenerlo en la mesa es como encender una vela que nunca se apaga.

A mi lado se sentaría Guido Wars, un faro en mi camino comercial. Más que un amigo: papá, hermano, guía, ejemplo. Con la humildad de Moshe Rabenu y una grandeza que no necesita títulos. Con él aprendí que la generosidad no se predica: se vive.

Sumaría también al Rav Yehuda Cohen, porque me enseñó que la Torá no es solo letra: es vida, acción, coherencia. Él representa esa pureza de intención que hoy parece un bien escaso.

Shmuel Kornblit estaría también. Fue él quien empezó a marcar con claridad mi camino ideológico. Una brújula moral, firme, sin transacciones. No negocia sus principios y eso, en estos tiempos, es revolucionario.

Y justo antes de mencionar a mi querido Richard Kaufmann, no puedo dejar de sumar al Capitán Rony Kaplan. Para mí, el portavoz del ejército de Israel, pero más aún: el defensor de Am Israel, el Rabí Levi Itzjak de Berdichev moderno. Uno de mis mejores amigos, la persona más pura y buena leche que conocí. Un tipo que no para, que vive para dar, que habla con hechos.
Me recuerda al legendario Susha de Anipoli, ese tzadik que no hablaba de sí mismo en primera persona.
Un señor Mench con mayúsculas, como quedan pocos. Tenerlo en mi mesa es saber que la bondad tiene rostro, voz, entrega y coraje.

Y claro, no podría faltar mi rabino, amigo y padre espiritual: Richard Kaufmann. Él lleva casi veinte años encendiendo en mí el amor por la Torá con la misma pasión de siempre. Su campaña resonaba como un shofar en el alma:
«¿Qué hiciste hoy por Am Israel?»
Y su voz repite la cita del Rab Shlomo Carlebach:

“Hashem, quiero estar en el libro de la vida… solo si mi hermano también está.”
Qué belleza. Qué verdad.

Y en el centro de esta mesa, con mirada profunda y manos activas, se sentaría mi esposa, Jani.
Ella no necesita invitación: ella es parte de la madera de esta mesa, parte de mis días, parte de mi historia.

Porque:

“Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos,
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.”

“Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo
somos mucho más que dos.”

“Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada,
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.”
(Mario Benedetti)

Con ella aprendí que el verdadero amor no es promesa de perfección, sino compromiso con la construcción.
Y que la justicia, la fe, la ternura, también pueden vivirse en lo cotidiano.

Como todo legado debe transmitirse, cerrarían la mesa mis hijos: Shay y Libi.
Ellos, que son maestros en su inocencia, espejos en los que me reflejo y aprendizajes en movimiento. Me enseñan a ser mejor cada día sin decir una sola palabra.

A los costados de la mesa, mis amigos del alma: Gato, Eli Gulman, Pechu, Pipa, Jack, Micha, Dani Garber, Mati, Nissim y tantos más.
Porque como dice el Tehilim:

“Hiné ma tov u’manayim shevet ajim gam yajad”
(Qué bueno y placentero es que los hermanos se sienten juntos en armonía)

Pondríamos música de Shlomo Carlebach, para elevar el alma, para danzar con las emociones.
Y en algún rincón del encuentro, estudiaríamos un discurso del Rav Kook, ese sabio que vio lo que otros no vieron: la santidad en lo cotidiano, la unión en la diversidad, la esperanza en la historia.

Pero el mensaje más importante que quiero compartirte es este:

Cuando armes tu propia mesa, no busques figuras inalcanzables.
No hace falta soñar con personas que nunca conociste.
Mirá a tu alrededor.

Hay personas reales, cercanas, que te moldearon, que te marcaron con su amor, su ejemplo, su firmeza, su compañía.
Ellos son tu verdadera riqueza.

Tu mesa no necesita aplausos ajenos, necesita presencias que hayan amado tu alma de cerca.

Y si no sabés por dónde empezar, empezá preguntándote lo que preguntaba Richard:
¿Qué hiciste hoy por Am Israel?

Y tal vez, con esa pregunta, descubras a quién invitarías a tu propia mesa sagrada.

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