Este cuento lo escuché por primera vez allá por el año 1998, en mi querido shil de Planes, de parte de Karina Finkelstein. Me marcó profundamente. Con el tiempo, mi papá también solía contármelo cada tanto, con esa mezcla de ternura y enseñanza que solo los padres saben transmitir.
El otro día, mientras compartía un momento con mi hija Liby, me encontré contándoselo a ella. Y fue ahí cuando me di cuenta del enorme valor que tiene esta historia, no solo para los chicos, sino para todos nosotros: padres, emprendedores, olim jadashim, soñadores que buscamos sentido en lo simple y en lo esencial.
Por eso, decidí compartirlo con ustedes. Ojalá lo disfruten tanto como yo lo disfruté todas las veces que lo escuché… y ahora, al volver a contarlo.
«La verdadera riqueza no se mide en dinero»
Por Federico Elian Pipman
En un intento por enseñarle una lección de vida a su hijo, un hombre muy rico decidió llevarlo a pasar unos días al campo. No se trataba de unas vacaciones. El objetivo era mostrarle “cómo vive la gente que no tiene nada”. El padre quería que el niño viera con sus propios ojos lo que significa ser pobre. Estaba convencido de que, al regresar, su hijo valoraría más todo lo que tenía: la casa enorme, el auto último modelo, los viajes, la tecnología, las comodidades.
Así fue como pasaron tres días y dos noches en la modesta casa de una familia campesina. Un hogar pequeño, de adobe y madera, con techo de chapa, sin agua caliente, sin televisión, sin wifi, sin lujos. Allí no había nada “moderno”, pero sí había muchas risas, abrazos largos, comidas caseras, animales que iban y venían con libertad, y estrellas que iluminaban las noches con una belleza sobrecogedora.
Volviendo a casa en el auto, el padre —seguro de haber dado una gran lección— le preguntó a su hijo:
—¿Y? ¿Aprendiste algo de todo esto?
El niño, después de unos segundos de silencio, le respondió con la sinceridad que solo los chicos tienen:
—Sí, papá. Me di cuenta de que:
- Nosotros tenemos un perro… ellos tienen siete.
- Nosotros tenemos una piscina con agua tratada… ellos tienen un arroyo de agua pura y fresca que nunca se termina.
- Nosotros tenemos luces eléctricas… ellos tienen las estrellas que brillan sin apagarse.
- Nuestro patio termina en una pared… el de ellos se pierde en el horizonte.
- Nosotros compramos la comida… ellos la cultivan con sus manos.
- Nosotros vivimos rodeados de muros y cerraduras… ellos están rodeados de amigos que entran sin golpear.
- Nosotros miramos pantallas todo el día… ellos se miran a los ojos.
- Nosotros acumulamos cosas que muchas veces no usamos… ellos comparten lo poco que tienen con alegría.
- Nosotros siempre tenemos apuro… ellos siempre tienen tiempo.
- Ellos tienen tiempo para conversar y estar en familia. Tú y mamá trabajan todo el día y casi nunca los veo.
Y con una madurez inesperada, concluyó:
—Gracias, papá, por mostrarme lo pobres que podemos llegar a ser… y lo verdaderamente ricos que pueden ser ellos.
¿Quién es realmente pobre?
El silencio invadió el auto. El padre, que había intentado dar una lección, terminó recibiendo una mucho más profunda.
Muchas veces asociamos la riqueza con lo material: casas grandes, autos lujosos, tecnología de punta, cuentas bancarias abultadas. Pero la verdadera riqueza no siempre se ve. Se siente. Está en la calidad de los vínculos, en el tiempo compartido, en la paz interior, en la conexión con la naturaleza, en una cena en familia sin celulares de por medio, en una charla sin relojes, en la risa de los hijos.
Ser rico es tener tiempo.
Es poder mirar a los ojos.
Es dormir tranquilo.
Es no necesitar tanto para sentirte completo.
Reflexión final
Vivimos en una sociedad que mide el éxito en base a lo que tenemos. Pero quizás deberíamos empezar a medirlo en base a lo que damos, a cuánto amamos, a cuánto disfrutamos del presente.
La verdadera pobreza no es material. Es emocional. Es no tener con quién compartir la vida. Es vivir apurado, estresado, desconectado, anestesiado.
Y la verdadera riqueza no se guarda en una caja fuerte. Se cultiva con abrazos, con tiempo, con presencia.
No te olvides: hay gente que no tiene casi nada… y lo tiene todo.
MBA Federico Pipman

