
En Shabat, hablando con mi hija Liby, me hizo una pregunta sencilla, casi inocente, pero cargada de una verdad profunda.
Me miró y me dijo:
“Vos siempre estás en movimiento”.
En esa frase breve había una observación… y también una pregunta silenciosa.
¿Qué significa realmente estar en movimiento?
¿Es correr sin parar… o es vivir con propósito?
¿Es hacer mucho… o es convertirse en alguien que crea?
Hay tres formas de caminar por el mundo:
como quien es arrastrado, como quien reacciona… y como quien crea.
El pasivo no vive: es vivido.
Es la hoja llevada por el viento de las circunstancias, de las opiniones ajenas, de los miedos heredados.
No decide, no construye, no transforma.
Solo espera… y en esa espera se le escapa la vida entera, silenciosamente, como arena entre los dedos de quien nunca cerró la mano.
El reactivo, en cambio, parece moverse.
Responde, lucha, discute, corre.
Pero siempre llega tarde, porque su energía nace del golpe recibido y no de una visión elegida.
Su fuego no enciende caminos; solo apaga incendios.
Vive en batalla constante con lo que ya ocurrió, prisionero de un tiempo que siempre lo precede.
Y luego está el proactivo.
El que no pregunta qué está pasando, sino qué puede hacer que pase.
El que no teme al desierto, porque sabe que cada paso puede volverlo jardín.
El que comprende que la vida no es algo que sucede… sino algo que se revela a través de sus decisiones.
No espera señales: se convierte en señal.
En la tradición judía encontramos una enseñanza silenciosa y poderosa:
cuando el pueblo estaba frente al mar, este no se abrió con discursos ni con dudas.
Se abrió cuando alguien dio el primer paso hacia el agua.
Nuestros sabios cuentan que no fue una multitud la que abrió el mar,
sino un solo hombre que decidió entrar cuando todavía no había milagro.
Su nombre era Najshón.
Desde entonces, la historia judía no pregunta si el mar se abrirá.
Pregunta quién será el próximo en dar el paso.
El mar no se abrió en la historia.
Se abre cada vez que un ser humano decide avanzar.
Ese instante contiene todo el secreto de la existencia.
La realidad se transforma cuando el ser humano decide moverse antes de tener garantías.
La bendición no sigue al miedo; sigue al coraje.
Y el milagro no contradice la naturaleza: responde a la valentía.
En el mundo de los negocios, ser proactivo no es una virtud moral.
Es una ley de supervivencia.
Las empresas que esperan, desaparecen.
Las que reaccionan, resisten.
Pero solo las que crean antes de que el mercado lo pida…
escriben el futuro.
En los negocios, el pasivo espera clientes.
El reactivo corre detrás de las crisis.
El proactivo crea valor antes de que el mundo lo pida, ve oportunidades donde otros solo ven incertidumbre, y construye futuro donde todavía no hay camino.
En la vida personal, el pasivo culpa.
El reactivo sobrevive.
El proactivo diseña destino, transforma heridas en dirección, y convierte cada caída en cimiento.
Y en la vida espiritual ocurre lo mismo:
no somos llamados a observar la historia, sino a escribirla.
No a preguntar si es posible, sino a recordar quiénes somos cuando elegimos creer.
Ser proactivo no significa controlar todo.
Significa elegir quién somos frente a lo que no controlamos.
Es pararse en medio de la incertidumbre y declarar, con actos y no con palabras:
“Desde aquí empieza algo nuevo”.
Una y otra vez.
Aunque el mundo dude.
Aunque el mar todavía no se haya abierto.
Porque al final, la pregunta no es qué hará el mundo con nosotros,
sino qué haremos nosotros con el mundo que recibimos.
Si seremos consecuencia… o causa.
Si repetiremos la historia… o la revelaremos.
Y entonces entendí que mi movimiento no era prisa.
Era respuesta.
Porque algún día, cuando mi hija vuelva a preguntarme por qué sigo avanzando,
quiero poder decirle que no corría detrás del mundo…
sino delante de mi propia historia.
Y cada día, en silencio, la vida vuelve a preguntar:
¿hoja… eco… o creador?
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

