
Los cuentos que nos contaron… y el amor que construimos
El domingo fue mi turno de leerle cuentos a Liby.
Busqué algunos cuentos clásicos en internet, de esos que todos conocemos desde chicos: los cuentos de los Hermanos Grimm.
A medida que avanzaba en las historias empecé a notar algo curioso.
En realidad, más que curioso… repetitivo.
La historia se repite una y otra vez.
Una mujer hermosa.
Un príncipe encantador, buen mozo.
Se ven.
No hablan.
No se conocen.
No intercambian una sola palabra.
Se besan.
Se enamoran perdidamente.
Y viven felices para siempre.
Fin del cuento.
Y mientras lo leía me di cuenta de algo sorprendente:
se enamoran sin haberse conocido nunca.
Mientras seguía leyendo, algo empezó a darme vueltas en la cabeza.
Qué lejos está esto de la realidad.
Pero no sólo de la realidad moderna.
También está muy lejos de la forma en que el judaísmo entiende el amor, el vínculo y la construcción de una familia.
Porque en la tradición judía, el amor verdadero no empieza con un beso.
Empieza con algo mucho más profundo.
Empieza con conocimiento.
El amor no nace de una mirada
En estos cuentos ocurre algo curioso.
El príncipe y la princesa no hablan.
No se conocen.
No saben cómo piensa el otro.
No saben qué valores tiene.
No saben qué lo hace reír ni qué lo hace sufrir.
No saben nada.
Pero igual se enamoran.
En el judaísmo eso sería imposible.
Porque el amor verdadero no nace de una mirada.
Nace de conocer al otro.
Incluso la Torá utiliza una expresión muy particular cuando describe la unión entre un hombre y una mujer.
Dice:
“Adam conoció a Javá” — וידע אדם את חוה
La palabra clave es conocer.
No habla de magia.
No habla de un flechazo.
Habla de algo mucho más profundo.
El amor verdadero nace cuando dos personas se conocen de verdad.
El amor no es un momento, es una construcción
Los cuentos clásicos venden una idea peligrosa:
que el amor es un instante mágico.
Una chispa.
Un encuentro de miradas.
Un beso.
Y listo.
La tradición judía propone exactamente lo contrario.
El amor verdadero no es algo que se encuentra… es algo que se construye.
Y se construye todos los días.
A esto se le llama Shlom Bait — שלום בית.
No significa simplemente “paz en el hogar”.
Significa algo mucho más profundo:
crear un hogar donde dos personas trabajan activamente para que la presencia divina habite entre ellos.
El Talmud lo expresa de una manera hermosa:
“Ish veIshá, zaju — Shejiná beneijem.”
Cuando un hombre y una mujer lo merecen,
la presencia divina habita entre ellos.
En el judaísmo, el matrimonio no es sólo una pareja.
Es un proyecto espiritual.
La belleza que el mundo no ve
Otro elemento repetido en los cuentos es la obsesión con la belleza externa.
La princesa es hermosa.
El príncipe es atractivo.
Y eso parece suficiente.
Pero la tradición judía introduce un concepto radicalmente diferente:
Tzniut — צניעות.
Muchas veces se traduce como “modestia”, pero en realidad significa algo mucho más profundo.
Tzniut enseña que lo más valioso de una persona no necesita exhibirse para tener valor.
La belleza más profunda no es la que se muestra.
Es la que se revela con el tiempo.
Con las acciones.
Con la forma en que una persona trata a los demás.
Con la forma en que construye su vida.
La verdadera heroína del judaísmo
Si buscamos el ideal femenino en la tradición judía, no encontramos una princesa dormida esperando un beso.
Encontramos algo mucho más poderoso.
El modelo aparece en el libro de Mishlé (Proverbios 31):
Eshet Jail — אשת חיל
La “mujer de valor”.
No se la describe por su belleza.
Se la describe por su sabiduría, su fuerza, su iniciativa, su capacidad de construir hogar, familia y sociedad.
Dice el texto:
“Sheker hajen vehevel hayofi”
Falso es el encanto y vana la belleza.
La belleza externa es pasajera.
Pero la verdadera grandeza es la que se construye con carácter.
Tal vez deberíamos contar otros cuentos
Tal vez los cuentos que deberíamos contar hoy no deberían terminar con:
“Y vivieron felices para siempre”.
Tal vez deberían decir algo más real.
Algo más verdadero.
Algo como esto:
Dos personas se conocieron.
Hablaron.
Se escucharon.
Descubrieron quién era realmente el otro.
Aprendieron a respetarse.
Aprendieron a ceder.
Aprendieron a crecer juntos.
Superaron momentos difíciles.
Construyeron un hogar.
Construyeron una familia.
Y después de muchos años de esfuerzo, paciencia y amor…
siguieron eligiéndose todos los días.
Porque el verdadero amor no nace en un instante.
Se construye todos los días.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

