
Cuando iba al shule, casi como un ritual inevitable, nos sentaban a ver El violinista sobre el tejado.
No era una elección. Era parte del programa.
Una de esas cosas que uno ve porque “hay que verla”.
Había muchas explicaciones alrededor de esa proyección repetida.
Que el judaísmo de nuestros zeides y bobes había sido así,
que el mundo cambió,
que la tradición tuvo que adaptarse,
que había que aceptar la evolución.
Y todo eso es cierto.
Pero no es toda la verdad.
Con los años entendí que esa película muchas veces se nos presentaba como una despedida:
una forma elegante de decirnos
“esto fue importante, pero ya pasó”.
Yo prefiero darle otra lectura.
No para negar la evolución,
sino para entender qué es lo que nunca debía perderse.
Porque, sin darse cuenta —o quizás con una sabiduría más profunda de la que aparenta—
esa película mágica,
en su canción principal,
esconde el verdadero mensaje de toda la obra.
Un mensaje que no envejeció.
Un mensaje que no fue reemplazado.
Un mensaje que sigue siendo el núcleo del judaísmo.
Pirkei Avot lo formula con una frase simple y eterna:
“Mi ashir? HaSameaj bejelkó.”
¿Quién es rico?
El que está feliz con su parte.
No el que tiene más.
No el que cambia de época.
No el que abandona lo anterior.
Sino el que entiende qué es lo esencial
y vive en paz con ello.
Y desde ese lugar,
volver a escuchar “Si yo fuera rico”
ya no es un ejercicio de nostalgia,
sino un acto de revelación.
Si yo fuera rico… ¿para qué?
No todas las canciones nacen para entretener.
Algunas nacen para acompañar al pueblo.
Otras, para hacerlo reír.
Y muy pocas —las verdaderamente legendarias— nacen para recordarnos
qué estamos buscando cuando decimos que queremos más.
“Si yo fuera rico” no es solo una fantasía de abundancia.
Es una pregunta eterna, casi bíblica, que atraviesa generaciones:
¿qué haría el ser humano si no tuviera que luchar por sobrevivir?
Durante siglos, el imaginario popular respondió con mansiones, escaleras infinitas, corrales rebosantes y prestigio social. El dinero como símbolo de descanso, de respeto, de voz. Pero en el corazón de esta canción —y en el corazón del pueblo judío— hay una verdad más profunda, casi subversiva.
El clímax no está en el oro.
Está en el tiempo.
Y, todavía más hondo, está en el sentido.
Y entonces ocurre algo extraño.
Cuando la fantasía deja de hablar de riqueza
y empieza a hablar de verdad,
la canción baja la voz,
el mundo se aquieta,
y aparece el verdadero deseo:
Si fuera rico, me podría quedar
rezando las horas sin parar,
la sinagoga haría un segundo hogar.
La buena Biblia con los sabios alrededor me pondría a comentar,
ay, esto sería lo mejor.
Aquí el materialismo se revela como lo que realmente es:
un instrumento torpe para buscar paz.
La riqueza no es deseada por ostentación, sino por lo que promete liberar: el alma del yugo de la urgencia, del miedo constante a no llegar.
Ser rico, en esta visión, no es acumular.
Es poder detenerse sin culpa.
Detenerse a rezar sin mirar el reloj.
Detenerse a estudiar sin la ansiedad del pan de mañana.
Detenerse a conversar textos sagrados no por prestigio intelectual, sino por hambre de verdad, por pertenencia, por continuidad.
La sinagoga como segundo hogar no es un lujo arquitectónico:
es el símbolo de una vida con centro.
La Biblia rodeada de sabios no es una escena elitista:
es comunidad, transmisión, generaciones hablándose entre sí.
En un mundo que glorifica el tener, esta canción se atreve a decir algo profundamente contracultural:
el mayor privilegio sería poder dedicarse a lo esencial.
No trabajar menos para consumir más,
sino trabajar menos para existir con plenitud.
Por eso esta estrofa no es ingenua ni escapista:
es una crítica silenciosa y feroz al materialismo moderno.
Nos enfrenta con una pregunta incómoda, imposible de esquivar:
Si hoy fueras rico…
¿llenarías tus días de cosas
o recuperarías el tiempo para lo sagrado?
Tal vez lo verdaderamente legendario no sea el sueño de riqueza,
sino la honestidad brutal de admitir que, en el fondo,
lo que el alma anhela no es abundancia material,
sino presencia, significado y trascendencia.
Y eso —ay—
eso sigue siendo,
todavía hoy,
lo mejor.
No porque brille.
No porque se compre.
Sino porque permanece.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

