
«Las zapatillas que tiré a la basura»
Por Federico Pipman – Asesor de negocios, conferencista y orgulloso ole jadash
Ayer, al volver de un viaje al Golan, tiré a la basura mis zapatillas de correr. A simple vista eran unas lindas Nike 0²2qnegras con verde, modernas, llamativas. Pero para mí, eran mucho más que un par de zapatillas gastadas: eran un símbolo vivo de una etapa de mi vida donde se cruzaban la dependencia, la frustración, la dignidad, el amor familiar y la lucha por construir un futuro en Israel.
Corría el año 2011. Recién casado con Jani, había entrado al ejército. Aún no teníamos hijos, y la cuenta bancaria, aunque limitada, no estaba en rojo. El ejército determinó que iba a recibir 350 shekels por mes. El alquiler era más de 2000. Y eso sin contar arnona, luz, agua, shmira, comida… vivir.
En ese entonces, mis padres estaban de visita en Israel. Una vez más —como tantas otras en mis primeros años como ole jadash— tuvieron que ayudarme económicamente. Porque ni siquiera podía comprarme un par de zapatillas.
Y cuando digo “ayudarme económicamente”, no hablo de lujos. No tenía auto, no viajaba de vacaciones, no compraba ropa de marca. A pesar de haber tenido en Israel cargos de responsabilidad (profesor, coordinador educativo, responsable de grupos), buenos títulos y experiencia laboral, el salario que ganaba —como le pasa a muchísimos israelíes y obviamente olim que están fuera del mundo del high-tech— no alcanzaba para vivir dignamente.
El costo de vida en Israel es alto. Altísimo. Y si uno tiene una familia joven, hijos pequeños, y toma la noble decisión de priorizar un vínculo profundo entre madre e hijos en los primeros años, la ecuación se vuelve casi imposible.(Mi esposa siempre trabajó como mínimo 4 horas por día) Así vivimos varios años. Hasta que algo hizo clic.
Fue en 2016, el año que nació nuestra hija Liby. Un día, en una charla conmigo mismo, me cansé de hacer cuentas para ver cómo reducir gastos. Me cansé de contar porciones de carne, de renunciar a cosas básicas, de vivir en modo supervivencia.
Y me hice una pregunta sencilla pero poderosa:
¿Y si, en vez de ver cómo gastar menos, empiezo a ver cómo ganar más?
Ahí empezó la revolución.
Creé Mamá Mía, mi primer proyecto personal. Empecé a ofrecer servicios de marketing. Mi rabino, Richard Kaufmann, me confió las redes sociales de su prestigiosa empresa de turismo. Comencé a limpiar templos, y pronto delegué ese trabajo para manejar los equipos. No fue inmediato, no fue mágico. Pero mes a mes fui equilibrando las cuentas, dejando de depender del apoyo de mis padres —a quienes agradezco con todo mi corazón por estar siempre, sin pedir nada a cambio— y caminando hacia una independencia real.
Durante años, mi papá, mi mamá, personas queridas, amigos de toda la vida —incluso la lógica más básica— me repetían: “Volvete a Argentina. No podés vivir así. No tiene sentido sufrir tanto”. Y no lo decían desde el egoísmo, sino desde el amor, desde el deseo de verme bien. Pero algo en nuestro interior nos gritaba que este era el lugar. Que aún sin certezas, no habíamos venido a probar suerte, sino a echar raíces.
Y junto con ese cambio económico, tomamos con Jani una decisión aún más profunda: pase lo que pase, nos quedamos en Israel.
Sin plan B. Sin mirar atrás. Sin especular con volver a Argentina o mudarnos a una comunidad de habla hispana. Decidimos que este sería nuestro hogar, nuestro campo de batalla, y nuestra tierra de bendición.
Porque nuestra aliá no fue por necesidad económica, ni por moda. Fue por ideología. Por sionismo. Por una necesidad espiritual. Y cuando uno se entrega de lleno —con mente, cuerpo y alma— el universo responde.
Desde esa decisión, empezó otra etapa. Las puertas se abrieron. Los desafíos siguieron, pero la energía con la que los enfrentamos cambió por completo.
Hoy, tirar esas zapatillas no fue un gesto trivial. Fue un acto de cierre. Un ritual. Como quien se despide de una piel que ya no le pertenece. Me recordó que toda crisis es una oportunidad. Que cada dificultad puede transformarse en el punto de partida de una nueva historia.
Y sobre todo, me recordó que uno no llega solo a ningún lado. Que sin mis padres, sin Jani, sin mis valores, sin fe y sin esa decisión profunda de estar acá de verdad, no estaría donde estoy.
Mi historia no es única. Es la historia de miles de olim, de soñadores, de luchadores. Y si sirve para que alguien más se anime a creer en sí mismo, en su camino, y en la bendición de esta tierra… entonces valió la pena compartirla.
Uno no emprende solo para ganar plata. Emprende para dejar de sobrevivir y empezar a construir. Y cuando uno construye con propósito, los resultados llegan con otra energía.
Y si hoy estás en ese momento donde sentís que no llegás, que la balanza está desbalanceada, que tus sueños pesan más que tus recursos… quiero decirte que no estás solo. Caminá, aunque sea con zapatillas viejas. Apostá por vos, por tu tierra, por tu propósito. El resto bzh llega. A su tiempo, con trabajo, fe y decisión.
Federico Pipman

