
La Mariposa Azul y la Voz del Tate
Mi papá siempre contaba historias.
No sé exactamente de dónde las sacaba.
Aclaro algo importante: no las inventaba… pero como gran contador de cuentos, las hacía propias.
Las narraba como si hubiera estado ahí, como si los personajes fueran viejos conocidos suyos, como si la enseñanza hubiera pasado primero por su corazón antes de llegar a sus labios.
Yo crecí escuchando esas historias.
Algunas eran cortas, otras largas.
Algunas suaves, otras incómodas.
Pero todas tenían algo en común: no se olvidaban.
Te quedaban adentro. Te acompañaban. Volvían cuando hacía falta.
Hoy ya van casi siete años que no me encuentro físicamente con mi papá.
El COVID.
La guerra.
La vida.
Las fronteras visibles…
y las invisibles.
Hablamos. Nos escuchamos. Nos sentimos.
Pero hay silencios, miradas y abrazos que todavía esperan.
Y entre todas las historias que él contaba —o que hacía suyas— hay una que vuelve a mí una y otra vez.
La Leyenda de la Mariposa Azul
Una niña atrapó una mariposa azul entre sus manos.
No lo hizo por maldad.
Lo hizo para poner a prueba a un sabio.
Su plan era tan simple como cruel:
Le preguntaría si la mariposa estaba viva o muerta.
Si el sabio respondía “viva”, la aplastaría.
Si respondía “muerta”, la liberaría.
De cualquier manera, el sabio se equivocaría.
La niña se acerco y formulo la pregunta.
El sabio miró a la niña.
Miró sus manos cerradas.
Miró la tensión del momento.
Y entonces sonrió.
No respondió rápido.
No respondió fuerte.
Respondió verdadero:
“Depende de ti.
La mariposa está en tus manos.”
Lo que entendí con los años
Esa historia no habla de una mariposa.
Habla de responsabilidad.
Habla de nuestra obsesión por buscar afuera una respuesta que ya tenemos adentro.
De la tentación de culpar al otro.
Del deseo de que alguien más cargue con el peso de nuestras decisiones.
La mariposa puede ser un negocio.
Un vínculo.
Un proyecto.
Un país.
Un hijo.
Un padre.
Una vida.
Y aunque a veces duela aceptarlo, muchas veces el resultado no depende del sabio,
ni del sistema,
ni del contexto,
ni siquiera del destino.
Depende de qué hacemos con lo que tenemos en las manos.
Y ahí vuelve mi papá
Mi papá nunca me decía qué decidir.
Me contaba una historia…
y me dejaba solo con ella.
Hoy, a la distancia, entiendo que eso también era una forma de amor.
No salvarme.
No aplastar la mariposa por mí.
No abrir la mano en mi lugar.
Solo recordarme, una y otra vez, que la vida no se nos cae encima:
la sostenemos.
Y aunque hoy no pueda sentarme frente a él a escucharla de nuevo,
su voz sigue ahí.
Acompañando.
Marcando.
Susurrando.
Incluso en tiempos de miedo, guerra, incertidumbre o distancia…
El legado
Hoy entiendo algo más.
Las historias que mi papá contaba no eran para entretener.
Eran para preparar.
Y tal vez por eso hoy me toca a mí contarlas.
No porque sepa más.
No porque sea más sabio.
Sino porque la mariposa, una vez más,
está en mis manos.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

