
La semana pasada tuve una conversación que todavía me está trabajando por dentro.
Me enojé.
Pero no fue un enojo superficial. Fue de esos que te incomodan porque te muestran algo más profundo.
Estaba hablando con una persona que no asumía absolutamente nada de lo que había provocado. Nada de lo que había hecho. Nada de lo que había dejado de hacer.
Todo era culpa de otros.
De las circunstancias.
Del sistema.
De terceros.
Del contexto.
Pero nunca apareció la frase más poderosa que existe para cambiar una vida:
“Esto me corresponde.”
Y entendí por qué me molestó tanto.
Porque cuando alguien no se hace cargo, se bloquea.
Cuando alguien no asume, se estanca.
Cuando alguien culpa, se declara impotente.
Y la impotencia prolongada se convierte en identidad.
El primer error de la humanidad
Esto no es nuevo.
En la Torá, cuando Hashem le pregunta a Adam qué ocurrió después del pecado, él responde:
“La mujer que me diste, ella me dio del árbol…” (Bereshit 3:12)
Adam no niega el hecho.
Niega la responsabilidad.
Javá hace lo mismo: la serpiente.
La primera reacción humana ante el error fue trasladar la culpa.
Nadie dijo: “Yo elegí.”
Y ahí está el punto central.
Mientras la culpa esté afuera, el cambio también estará afuera.
Rambam y el poder del “yo”
El Rambam, en Hiljot Teshuvá, explica que el primer paso de la teshuvá es el vidui: decir con claridad lo que uno hizo.
No pensar.
No justificar.
No explicar el contexto.
Decir.
Porque mientras no podés decir “yo hice”, tampoco podés decir “yo cambio”.
Sin reconocimiento no hay corrección.
Sin responsabilidad no hay transformación.
Acciones… e inacciones
Hay algo todavía más incómodo.
No solo somos responsables de lo que hacemos.
También somos responsables de lo que no hacemos.
Pirkei Avot dice:
“En un lugar donde no hay hombres, esfuérzate por ser un hombre.”
No intervenir cuando debías.
No hablar cuando correspondía.
No actuar cuando sabías.
Eso también es elección.
Y las elecciones construyen destino.
Una enseñanza de Richard Kaufmann que incomoda
Richard Kaufmann suele decir algo que al principio molesta, pero después libera:
“Mientras culpes, estás regalando poder. Cuando asumís, lo recuperás.”
Es brutalmente cierto.
Si la culpa es del otro, entonces el cambio depende del otro.
Y si depende del otro, quedás paralizado.
Pero cuando decís:
“Esto es mío.”
Aunque duela.
Aunque no sea cómodo.
Aunque no sea popular.
En ese momento recuperás margen de acción.
Tal vez no puedas cambiar lo que pasó.
Pero sí podés cambiar lo que hacés con eso.
Responsabilidad no es culpa. Es liderazgo.
Hay una confusión peligrosa: creer que asumir responsabilidad es admitir debilidad.
Es exactamente al revés.
La responsabilidad es un acto de liderazgo.
Un niño dice:
“No fui yo.”
Un adulto dice:
“Sí, fui yo.”
Un líder dice:
“No fue completamente mi culpa, pero es mi responsabilidad.”
Y esa diferencia cambia equipos, empresas, familias y comunidades.
Porque el que culpa vive reaccionando.
El que asume empieza a construir.
La raíz espiritual
En hebreo, ajrayut (responsabilidad) comparte raíz con ajer (otro).
No existe responsabilidad aislada.
Siempre impacta en alguien más.
El Baal Shem Tov enseñaba que todo lo que vemos afuera es un espejo.
Si algo me altera tanto en otro, probablemente toca algo interno mío.
Quizás por eso me enojé tanto la semana pasada.
Porque la falta de responsabilidad ajena me confrontó con la pregunta más incómoda:
¿En qué áreas todavía puedo estar trasladando mi propia parte?
Y esa pregunta cambia todo.
Víctima o protagonista
Cuando alguien no asume nada, construye una narrativa donde siempre es víctima.
Y la víctima no transforma la realidad.
La padece.
Pero quien asume, incluso en escenarios injustos, se posiciona como protagonista.
La Torá nos da libre albedrío.
Y el libre albedrío implica algo incómodo:
Somos responsables de lo que elegimos…
y también de lo que evitamos elegir.
Reflexión final
Es más fácil culpar.
Es más cómodo explicar por qué otros fallaron.
Es más simple justificar por qué las cosas no salieron.
Pero crecer exige otra cosa.
Exige pararse frente al espejo y preguntar:
¿Qué parte es mía?
No quién tuvo la culpa.
No quién empezó.
No quién falló primero.
¿Qué parte me corresponde?
La semana pasada me enojé.
Hoy lo agradezco.
Porque me recordó algo esencial:
El que culpa pierde poder.
El que asume construye destino.
Y al final del día,
la responsabilidad no es una carga.
Es el punto exacto donde empieza la libertad.
✍️ MBA Federico Pipman
CEO de Mamá Mía 360 | Asesor de negocios y coach motivacional

